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El momento decisivo de 2008
Diez años atrás, una breve guerra en el Cáucaso bajó el telón a casi dos décadas de hegemonía occidental pos Guerra Fría en Europa. Alentada por la administración del presidente norteamericano George W. Bush, Georgia había iniciado conversaciones para ingresar a la OTAN, incitando al presidente ruso, Vladimir Putin, a defender la línea roja que había trazado el año anterior. En agosto de 2008, los diplomáticos europeos bregaban por detener el combate. En cuestión de semanas, el estallido de la crisis financiera global capturó la atención del mundo. Impedir las quiebras bancarias, no la escalada militar, era el problema más acuciante. Los préstamos provinieron de los mismos bancos europeos que ayudaron a impulsar el ‘boom’ de los bienes raíces en EE.UU. e inflar las burbujas inmobiliarias aún mayores en el RU., Irlanda y España. La inflación inmobiliaria más extrema en el mundo entre 2005 y 2007 estaba en la frontera este de la OTAN, en los países Bálticos. A comienzos del 2000, las antiguas repúblicas soviéticas Georgia y Ucrania, que no habían ganado acceso a la OTAN ni a la UE, temían ser olvidadas, motivando las llamadas revoluciones de colores de 2003 y 2004 con la idea de que el crecimiento económico, la democratización y una orientación prooccidental iban de la mano. Pero nunca se beneficiaron de la globalización. En 2008 parecía que Gazprom, el gigante energético ruso, pronto podría convertirse en la mayor corporación del mundo. Y mientras que la inversión occidental impulsaba el crecimiento económico en Europa central y del este, el ‘boom’ de los ‘commodities’ sustentaba el resurgimiento geopolítico de Rusia. La UE insistió en la inocencia de su modelo de integración, no así sus nuevos miembros poscomunistas, para quienes la pertenencia a la OTAN y a la UE era parte de un paquete anti-Rusia. Si bien Ucrania también se postuló para pertenecer a la OTAN en 2008, no provocó la intervención rusa. Pero la guerra en Georgia dividió a la clase política ucraniana en tres: quienes defendían la alineación con Occidente, quienes favorecían a Rusia y quienes preferían una política de equilibrio, lo que se exacerbó aún más con el impacto de la crisis financiera. Cuando el préstamo global colapsó, los prestatarios más frágiles fueron los primeros en desplomarse, seguidos de cerca por una caída de los precios de las materias primas, lo que asestó un golpe devastador a las “economías de transición”. Rusia, uno de los mayores exportadores de petróleo y gas del mundo, fue uno de los más afectados. Pero tras las crisis financieras de fines del 90, sus reservas le permitieron salir de la tormenta de 2008 sin ayuda externa. No pasó lo mismo con sus exsatélites. Sus monedas se derrumbaron. Las tasas de interés se dispararon. Algunos recurrieron al FMI en busca de ayuda. El impacto de la crisis de 2008 dividió a Europa central y del este. El liderazgo político de los Estados bálticos resistió, aceptando una austeridad salvaje para seguir en camino hacia una pertenencia al euro. Los acontecimientos de 2008 enseñaron dos lecciones dolorosas y profundamente desconcertantes: 1) el capitalismo es propenso a los desastres. 2), el crecimiento global no necesariamente fortaleció el orden unipolar. Un crecimiento global verdaderamente integral alimenta la multipolaridad que, sin un acuerdo diplomático y geopolítico general, es una receta para el conflicto. La Rusia de Putin sigue siendo un saqueador. De modo que no deberíamos olvidar la crisis de Georgia de agosto de 2008, pues evidenció lo peligrosa que podía tornarse la nueva dispensación económica global.