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Metete con tus hijos
Mientras escribo estas líneas, tratando de entender la violencia protagonizada por un padre de familia convocando a sus hijos para que hagan lo mismo, rueda en redes sociales un aviso de que una adolescente ha desaparecido. Los avisos son confusos. Por un lado luce como si se hubiese fugado; sin embargo, no se puede descartar un secuestro.
Hace un par de semanas fueron hospitalizados dos conocidos: un hombre de 40 años, con familia, casa y empleo; y una mujer de 29 años, profesional, inteligente y apoyada por sus padres. Ambos ingresaron a una clínica por cuestión emocional o trastornos psiquiátricos, como dirían los expertos. El síntoma: el uso indiscriminado de drogas legales, como el alcohol o calmantes. La razón: la depresión, la soledad. Algo por dentro, algo que no pudieron ordenar por poco amor a sí mismos.
Ayer, en una reunión de trabajo, una persona vio unas fotos de mis padres que estaban al alcance. Las miró mientras yo comentaba lo amorosos que son entre ellos. Me dijo literalmente que nunca ha visto el amor en sus padres, aún divorciados y en sus nuevos compromisos, no ha podido verlos amándose. Esta persona no tiene 30 años y su sincero asombro fue clave para esta reflexión, para detenerme, y detenernos todos si fuera posible, a observar qué está pasando con nuestros hijos.
Cada era tiene su reto, noble o perverso, cultural, social o religioso. No todos los jóvenes lucen como si hubiesen logrado llegar a adultos absolutamente sanos en lo emocional. Me pregunto si los estamos amando bien para que vivan como humanos.
Les hemos preguntado a ellos: ¿hijo, te sientes amado por mí? Hago esa pregunta en serio.
Hay carteles que piden que no se metan con nuestros hijos, sin embargo, ¿nos metemos nosotros en su mundo de dudas y sueños para amarlos? Porque a estas alturas del partido ya todos los padres tenemos claro que nuestros no son, pero que amarlos para que vivan a plenitud, es un rol que no podemos abandonar.