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Mal uso de antibioticos en agricultura
La mayoría de nosotros no nos damos cuenta de las amenazas que causan nuestras acciones cuando dichas amenazas son invisibles, como el uso que hacemos de los antibióticos. Usados en forma juiciosa salvan vidas y evitan la transmisión de enfermedades mortales. Pero su poder terapéutico está siendo malgastado por su uso imprudente en la agricultura (más de la mitad se administran en la producción de alimentos a través de antimicrobianos). El problema es que comúnmente se utilizan mal los antibióticos: para compensar malas prácticas agrícolas, acelerar el crecimiento y reducir costos de producción. Estas prácticas pueden parecer inofensivas de forma aislada, pero su efecto agregado es peligroso. A medida que los antibióticos ingresan en el medioambiente a través de los alimentos que las personas comen o los desechos que producen los animales, se intensifica la resistencia antimicrobiana. Y esto afecta la salud humana en formas inquietantes. A diario, en hospitales y clínicas del mundo, los pacientes reciben antibióticos para tratar infecciones bacterianas (tuberculosis, gonorrea, neumonía). Otros reciben antibióticos profilácticamente, para prevenir infecciones durante cirugías o cuando afecciones o tratamientos (como la quimioterapia) subyacentes afectan sus sistemas inmunitarios. Desafortunadamente, muchos antibióticos ampliamente utilizados están perdiendo su capacidad de proteger a los pacientes y tratar las enfermedades. Debido a la naturaleza global de la amenaza, solo la cooperación multilateral -con tratados o acuerdos comerciales- puede garantizar que los agricultores en todas partes cumplan con estándares mínimos para criar ganado, sin hacer uso innecesario de antibióticos. En diciembre de 2015 un estudio encargado por el gobierno británico y presidido por el economista Jim O’Neill halló que el medio más eficaz de cambiar los comportamientos sería establecer un límite máximo autorizado para el uso de antibióticos, pero permitiendo que los países de manera individual experimenten con impuestos o restricciones para cumplir dicho límite. Además se debe exigir que los agricultores obtengan una receta antes de administrar medicamentos al ganado. Si se llegara a un consenso mundial -a través del G20 o la Asamblea General de NN. UU.- los países que elijan imponer impuestos a los antibióticos agrícolas podrían usar los ingresos para facilitar la transición a prácticas agrícolas alternativas. El dinero también podría destinarse a financiar investigaciones sobre carne “in vitro”, lo que reduciría drásticamente el sufrimiento de los animales y las enfermedades infecciosas. Cualquier tratado nuevo debe proporcionar a los signatarios flexibilidad para satisfacer las diversas necesidades de sus agricultores. El objetivo de la acción global debería ser incentivar a los agricultores a reducir el uso de antibióticos, no infligir castigos. Es posible crear condiciones bajo las cuales los antibióticos se usen solo para tratar a pacientes enfermos, no a animales sanos. Los agricultores cambiarán su abordaje si se les alienta o se les exige hacerlo. Si permanecemos ciegos, a menos que las personas se abstengan voluntariamente de consumir carne criada en granjas industriales, necesitaremos que gobiernos y organizaciones multilaterales nos mantengan en el camino correcto.