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Jubilar la esperanza

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Dos estampas y un mismo convencimiento: somos una sociedad de farsantes. Primera estampa: Lenín Moreno, nuestro lamentable presidente, dijo lo que dijo sobre los “monitos” trabajadores y medio Ecuador le cayó encima poniendo el grito donde no debía: el insulto.

Porque el verdadero insulto es que al trabajo infantil lo vemos como parte del paisaje, cuando lo que deberíamos hacer como sociedad es impedirlo a toda costa. Sin excepciones. Y penalizar todo intento de explotarlo. Pues permitir, alentar, beneficiarse o hacerse el tonto con el trabajo infantil no es una cuestión normal: es un crimen.

Es un crimen que un niño cambie su tiempo de risas y chocolate por uno de explotación y miseria. Cualquier argumento socioeconómico, histórico y bla bla blá que lo justifique no sirve. Hay límites que una sociedad debe fijarse para no saberse enferma: uno de ellos es penalizar lo que no puede ser consentido. El trabajo infantil, por ejemplo. No importa si son monitos sabidos o chagritas alhajas: ¡importa que son niños! Importa que hay 400 mil trabajando en nuestras fábricas, haciendas y calles, y que al final del 2020 serán medio millón. Importa que su aventura vital sea protegida, mimada, consentida. Porque la niñez es el país más bonito del mundo y todo ser humano tiene derecho a conocerlo.

Segunda estampa: nuestro lamentable presidente les propone a los jubilados recibir bonos como pago por sus pensiones atrasadas. En esta sociedad del descarte, los adultos mayores parecen un estorbo y no lo que son: padres de nuestro presente. Sin ellos no seríamos nada. Insisto: nada. Nuestros logros están parados en sus hombros; nuestro bienestar se lo debemos a sus espaldas... Pretender que cobren con bonos de un Estado moroso y desfalcado es una ofensa. Tan cruel como la de los “monitos” emprendedores. Tan inaceptable.

Que el Gobierno sea farsante, vaya y pase. Uno más en nuestra larga lista. Que lo seamos nosotros es otra cosa. Porque lo que en el fondo estamos haciendo al tolerar lo intolerable, es legitimar un doble crimen: el de los que matan una infancia y, de paso, jubilan de entrada la esperanza.

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