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Y la fuerza correista
La personalidad de Correa y los suyos les impide leer la política cuando están fuera del poder. Apoltronados en él, miraron en una sola dirección; no pudieron distinguir peligros reales, no visualizaron amenazas, y lo que asomó como estrategia se sustentó solo en el control del aparato institucional, en el manejo indiscriminado de los recursos públicos y en una sostenida campaña mediática de corte nazi-fascista. Estos voceros “revolucionarios” armaron una retórica que de ideológico tiene exclusivamente una suma de lugares comunes, utilizados sin límite ni cuidado, de modo agobiante, cansino y superficial, al punto de propiciar la consolidación de una percepción popular que ha logrado convertirse en capacidad de interpretar, de modo acertado, que los hechos rebasaron la palabra y que lo concreto es el comportamiento de los correístas como todo lo contrario a un ejercicio ético de sus funciones.
Como observamos, el núcleo integrado por Correa y su coro, al perder su férrea adhesión al aparato del Estado, se ha divorciado apresuradamente de su principal sostén de acción política y ha perdido la fuerza para hacerse presente en circunstancias que, como las actuales, precisaban de efectivos y reales instrumentos de movilización para defender al vapuleado vicepresidente de la República. Ello demuestra que los supuestos activistas cercanos a Correa se pudieron desempeñar como organizadores de movilizaciones de masas mientras dispusieron de dinero y recursos provenientes de la caja oficialista en manos de su jefe. Desprovistos de ellos, no son sino voces que se diluyen en superficiales arengas, en bulliciosas declaraciones, y en truculentos procedimientos orientados a desmerecer las decisiones que va tomando Lenín Moreno para ejercer plenamente sus funciones, y a presentar a este como agente al servicio de la derecha, de los intereses del “viejo país”, y de los enemigos de su “proceso”.
El supuesto liderazgo del ex no encuentra respuesta popular efectiva, y creemos que no la encontrará.