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Frontera de dolor
Ser citadinos es un problema. En nuestro diario vivir, mientras nos movemos entre las islas de confort de nuestro hogar, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestros amigos, a veces descuidamos ver la realidad de zonas importantes del país de donde proviene casi siempre el pan nuestro de cada día y en general todos los alimentos que consumimos y que nos permiten la vida.
Como no las vemos, sufren de transparencia, y no valoramos el esfuerzo del hombre del campo para que nosotros, los citadinos, que en el caso del Ecuador ya somos un 70 %, vivamos felices en nuestras islas de placer.
Con la primera bomba de Guacho en el cuartel de la Policía de San Lorenzo, muchos nos dimos cuenta de que Esmeraldas, Carchi, Imbabura y Sucumbíos existían, y que eran poblaciones que estaban amenazadas por varios factores. Inmediatamente relacionamos esos atentados en forma directa con los narcos y los terroristas que nuestro hermano país de Colombia nos ha dejado de hermanastros.
Pocos hemos meditado con más profundidad, ¿cómo así nuestros pobladores ecuatorianos se han vuelto sumisos, socios o cómplices de este par de males, si somos una isla de paz y todos los ecuatorianos somos buenos muchachos, gente pacífica y hospitalaria?
Abramos de una vez los ojos, hagamos un acto de contrición y pongamos soluciones. Los problemas de la frontera norte son el resultado de nuestra inacción al no haber mantenido unos indicadores de desarrollo de esos cantones, al menos similares a los nuestros.
¿Cómo competir con una economía delictiva que mueve 15 % de transacciones, que lava mil millones de dólares y que cuenta con agentes organizados de la violencia que crecen y son poderosos e influyentes?
La solución no es fácil, pero tomemos la decisión de apoyar el desarrollo agroindustrial de las zonas de frontera, hablemos del tema, enviemos cartas a nuestros asambleístas, a los ministros, al presidente y respaldemos a todo empresario que asuma el reto de restablecer la paz. Solo así reivindicaremos nuestra culpa.