
Crisis del plátano en Ecuador: quién gana y quién pierde en el nuevo escenario
El precio del plátano se desploma en Ecuador y golpea directamente productores
El verde ya no vale lo mismo. En los campos de la Costa ecuatoriana, donde el plátano ha sido durante décadas sinónimo de sustento, hoy se habla más de pérdidas que de cosechas. Lo que antes se vendía entre 10 y 12 dólares por caja, ahora apenas alcanza los 4 a 4,50 dólares. Y en esa caída abrupta no solo se mide el precio de un producto, sino la fragilidad de todo un sistema. En base al precio los agricultores dicen que son los que están perdiendo en la cadena, porque el costo ha bajado en un 62,5 %.
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La crisis no apareció de un día para otro. Se fue gestando entre decisiones comerciales, tensiones fronterizas y un mercado que, de pronto, dejó de absorber lo que antes demandaba sin problema. El golpe más fuerte llegó con el cierre del paso hacia Colombia, un destino clave que cada semana recibía decenas de miles de cajas. Hoy, ese flujo prácticamente se detuvo.
El resultado es visible: más plátano del que el mercado local puede consumir. Una sobreoferta que presiona los precios hacia abajo y deja a los productores en una posición límite. En los testimonios del campo se repite una idea: el problema no es solo la falta de compradores, sino la sensación de que no hay reglas claras que se estén haciendo cumplir.
La industria busca alternativas
Mientras tanto, en el otro extremo de la cadena, la lectura es distinta. Para los exportadores, la crisis también es un punto de inflexión, pero no necesariamente un callejón sin salida. La industria ha comenzado a mirar hacia adentro, hacia el consumo local, como una forma de absorber el excedente. Ferias, campañas gastronómicas y nuevas propuestas aparecen como alternativas para evitar que el producto se pierda.
Una de esas salidas es transformar el problema en oportunidad: convertir el plátano que no cruza la frontera en harina, destinada a programas de alimentación escolar y centros sociales. Es una idea que, sobre el papel, busca dar valor agregado a lo que hoy sobra. Pero en el campo, donde los ingresos son diarios y urgentes, esas soluciones aún se sienten lejanas.
Aranceles entre Ecuador y Colombia
El trasfondo de esta crisis también tiene un componente geopolítico. La escalada arancelaria entre Ecuador y Colombia tensó el comercio bilateral: restricciones, impuestos y bloqueos que terminaron por cerrar una vía natural de exportación. En ese contexto, el plátano quedó atrapado.
Paradójicamente, el mercado internacional no ha colapsado. Estados Unidos y Europa siguen siendo los principales destinos, pero lo que se enviaba a Colombia no siempre cumple con los estándares que exigen esos mercados. Es, en muchos casos, un excedente que ahora no tiene a dónde ir.
La venta que no cubre la inversión
Ahí se dibuja la línea que divide a ganadores y perdedores. Por un lado, los productores enfrentan pérdidas inmediatas, costos que no se cubren y una incertidumbre creciente. Por otro, ciertos sectores de la industria ven margen para reorganizar la oferta, impulsar el consumo interno e incluso desarrollar nuevos productos.
Rafael Torres, presidente de la Federación Nacional de Plataneros del Ecuador, indicó que sembrar una hectárea de plátano cuesta 10.000 dólares con riego y 8.000 dólares sin riego, "de allí el mantenimiento vale unos 7,75 dólares por caja, que es precisamente el precio mínimo de sustectación, pero están pagando hasta 4,50 dólares se está perdiendo dinero", recalcó
Pero en el terreno, la crisis tiene rostro. Son miles de familias que dependen del precio diario del plátano y que hoy ven cómo su trabajo pierde valor. Son camiones que ya no cruzan la frontera, bodegas llenas y cosechas que corren el riesgo de dañarse.
En medio de ese escenario, el sector busca respuestas. Los gremios han anunciado que llevarán su reclamo a la Asamblea Nacional, con una exigencia clara: reabrir el mercado colombiano y establecer controles reales que eviten el desplome del precio.
Porque más allá de cifras y estrategias, lo que está en juego no es solo un producto. Es la estabilidad de una cadena agrícola que, cuando se rompe, deja al descubierto una verdad incómoda: en el campo, cualquier crisis se siente primero… y se supera último.
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