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El desvirtuar de lo politico
a tal grado de pérdida de prestigio ha llegado lo político que ahora parece una actividad circunscrita a las elecciones: todo gira alrededor de su preparación y cumplimiento. La actividad de los partidos y movimientos se restringe a esa labor. Así, se cuestiona la idoneidad del Consejo Nacional Electoral. Lo mismo se plantea respecto a los padrones. Se hacen denuncias en la OEA. Se intenta forjar frentes para robustecer candidaturas. Se trabaja por mantenerlos consolidados. Surgen como hongos las candidaturas y los ungidos recorren la República buscando votos y haciendo proclamas sobre lo hermoso que será el porvenir.
Sin duda, no hay democracia sin elecciones pero, cabe repetirlo, solo las elecciones no son la democracia. Está bien la preocupación por los temas vinculados al próximo proceso electoral, pero ello no puede dar lugar al abandono de otras tareas trascendentes de las organizaciones constituidas para participar en asuntos fundamentales de la vida pública.
Y es que mientras así actúan los dirigentes de las estructuras partidarias, en el aquí y el ahora ocurren toda suerte de acontecimientos que merecerían comentarios de los conductores políticos, sin reacción alguna de parte de los mismos, que se encuentran sumidos en un electoralismo que deviene en cómplice al mantener silencio frente a hechos que deberían motivar su reacción y la de las organizaciones políticas bajo su comando.
Nada se comenta, por ejemplo, sobre el hecho lamentable de un canciller que viaja con pasaporte extranjero. La única reacción al respecto se da por parte de la opinión generada en los medios de comunicación independientes de ecuatorianos vinculados con el servicio exterior.
Igual sucede respecto a denuncias sobre la calidad de los medicamentos, las negociaciones petroleras o las políticas de integración.
Únicamente los sectores que ven comprometido su interés en dichos asuntos dejan oír su voz, de modo que la República pierde su condición de entidad con propósitos definidos en función del conjunto, convirtiéndose en una especie de mosaico de piezas que no encajan la una con la otra, porque obedecen a fines en muchas ocasiones contrapuestos, sin el aglutinante que al menos impida su peligrosa dispersión. Altamente deseable es que los partidos recuperen sus otros roles.