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Delirium tremens

La acepción del vocablo “delirio” hace relación a la persona, o grupo, que sufre de alucinaciones y tiene pensamientos incoherentes. En nuestro idioma se dice que el delirio es la perturbación y excitación mental causada por una enfermedad o fuerte pasión; se trata de un estado que no obedece a la razón ni a la propia voluntad, o de una acción que denota despropósito o disparate.
Por cierto, no podemos olvidarnos del delirio de grandeza, que es la actitud prepotente de la persona que finge tener condiciones que no están a su alcance.
La mitomanía, a su vez, hace relación a la condición de la manía de mentir. El mitómano es un mentiroso patológico, un pseudólogo fantástico que sufre de una condición médica que fuera descrita por Anton Delbrueck en 1891 (www.es.wikipedia.org), definida como una invención inconsciente y demostrable de acontecimientos o logros muy poco probables y fácilmente refutables.
Uno de los problemas del lenguaje político, particularmente del que guarda apego a ideologías redentoristas (como el socialismo) o clientelares (como el populismo) es que, para los efectos de conquistar o mantener el poder, abusa de las promesas, promete aquello que sabe que no puede cumplir, recurre a la simpleza, fomenta la división y niega cualquier fracaso.
Es lenguaje delirante y mitómano.
La mitomanía tiene su apogeo en tiempos de campaña. Es irresistible e imprescindible herramienta para quienes hacen uso del baratillo de ofertas, y de la adopción de proclamas simplistas como elementos de comunicación. Quienes, con sus simplezas, reducen la realidad de un país complejo y en la actualidad seriamente complicado, a un “slogan”. Así apuntan al mínimo común denominador de la mente humana para entretejer fábulas y visiones, alimentadas hoy con imágenes y sonidos, con la pretensión de que lo virtual sea percibido como realidad material.
Hay, asimismo, un supuesto subyacente de que el poder político confiere facultades extraordinarias para transformar a la sociedad.
No es así.
La experiencia vivida en diez años ha demostrado más allá de toda duda que con $300.000 millones de ingresos es fácil desarreglar, y no arreglar, un país. Ello porque la prosperidad jamás se la puede fabricar desde un gobierno, pero la miseria sí. En los últimos tiempos rara vez se ha escuchado la frase “quiero gobernar para servir”, haciéndose, en cambio, repetidas referencias a la “majestad del poder”, como si de realeza (de por sí otro esperpento) se tratase.
Esta es una elección, la próxima, en la que a no dudarlo se definirá el carácter futuro del país. Es una pugna entre la serenidad y la alacridad; el juicio versus la sinrazón; el derecho a la fiscalización versus la defensa cerrada de la impunidad; la posibilidad de progresar versus la de caer en un hoyo aún más profundo de descomposición social y estancamiento económico; el imperativo de limpiar el sistema o de rebosar el estercolero de la hipocresía y la mentira elevadas a política de Estado.
Si no somos capaces de evitar oír los cantos de sirena, entonces, colectivamente seremos merecedores de nuestra suerte.
swettf@granasa.com.ec
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