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Cuaron: el retorno a los origenes
En una época donde lo único importante es el presente inmediato, hablar de los orígenes o destacar la memoria tiene un molesto sabor de “inactual”. ¿Qué es lo actual? Lo que está de moda, aunque parezca una simpleza decirlo. En la pasada Feria del Libro de Guayaquil por ejemplo, las salas que estaban repletas de público eran las que se ocupaban de temas que las redes sociales mantienen en alto nivel de polémica y por ello de atracción. En cambio otros distantes de ese presente inmediato, lucieron casi desiertos. No es una condena; es una constatación del poder de la moda. No sé si esa moda participe del concepto de belleza de Baudelaire que proclama la unión de lo auténtico con lo efímero: “solo en el vestido del tiempo se nos muestra la belleza eterna”.
El director de cine mexicano Alfonso Cuarón acaba de ganar El León de Oro del festival de Venecia precisamente con una película que consiste en una vuelta a los orígenes: “Roma”. “Obra maestra, “épica” y deslumbrante, la película es un retorno a México, al entonces Distrito Federal, a una de sus colonias (barrios) más significativos de la clase media alta en los años setenta. Cuarón ya tiene una historia diversa y exitosa en el mundo del cine: desde “Harry Potter y el prisionero de Azkabán” en 2004 a su última “Gravity”, ganadora de dos Oscar en 2014. Ya estuvo en Venecia en 2001 con “Y tu mamá también”.
Políticamente incorrecto, Guillermo del Toro, presidente del Jurado que concedió el premio a Cuarón, resumió la decisión unánime del premio a “Roma”: “Es que para entender el presente, hay que entender el pasado”. La película cumplió lo pedido por Baudelaire: el milagro de fundir una historia nacional en una universal.
“Fue un salvavidas que me aventaron a la mitad de una tormenta en medio de un océano inacabable”, comentó Cuarón, ensayando una nueva visualización de la memoria. “Roma” es un viaje literal a la infancia, rodada en blanco y negro, para encontrar las presencias invisibles de la infancia, esas que se mantienen en la vida y le otorgan sentido mágico, como “8 ½” de Fellini.