Los crimenes por omision de la ONU

Cuando se fundaron las Naciones Unidas, sus metas principales, como declarara en preámbulo de su Carta, incluían salvar a las generaciones futuras del “flagelo de la guerra” y reafirmar “la fe en los derechos humanos fundamentales”. Desde entonces han pasado más de 70 años, y el mundo tiene más armas que nunca (y más avanzadas) y abundan los conflictos armados que provocan muertes en gran escala y causan sufrimiento tanto a combatientes como civiles. Uno de los más candentes: el de Siria, que según fuentes de las NN. UU. ha dejado unos 500.000 muertos y heridos, y ha desplazado a millones. En Birmania, los rohinyá, una minoría musulmana en un país de mayoría budista, han sufrido un ataque que la misma ONU califica como limpieza étnica. Yemen se ha convertido en escenario de una devastadora guerra de terceros que ha causado un gran número de víctimas. Burundi y República Democrática del Congo también padecen conflictos. A pesar de toda la influencia que se supone que tiene, la ONU ha sido notablemente ineficaz para detener la violencia. Aquí el secretario general debe asumir una responsabilidad importante. Después de todo, es el símbolo último de NN. UU. y, en cierto sentido, la brújula moral de la comunidad internacional. El mundo entero le entrega su mandato. Su inacción o complacencia no es coherente con la Carta de la ONU y constituye un crimen de omisión. El Consejo de Seguridad tiene la responsabilidad principal al interior de la ONU de mantener la paz y la seguridad. Puede recurrir a la diplomacia para resolver conflictos y poner fin a las hostilidades, y además optar por aplicar medidas de coerción. Sin embargo, no ha cumplido su papel en el máximo grado posible, principalmente porque sus cinco miembros permanentes (P5) -China, Francia, Rusia, el Reino Unido y Estados Unidos- a menudo han actuado con base en intereses propios, utilizando su poder de veto o amenazando con usarlo. EE. UU. y Rusia tienen una responsabilidad particular por los fallos del P5. En lugar de usar su influencia política y sus capacidades militares para controlar y desactivar conflictos (por supuesto, colaborando con los actores regionales) han reanudado una competencia estratégica que, como muestra la historia, solo puede llevar a más desorden y miseria. Nada de ello absuelve a los demás miembros del P5 de su responsabilidad de esforzarse para que el Consejo de Seguridad cumpla su papel de apoyo de la paz y la seguridad internacionales. La totalidad de los miembros del P5 deben mostrar al resto del mundo que harán valer su poder de veto de manera responsable y dando prioridad a los intereses y valores en común. Una simple regla en este respecto sería abstenerse de vetar una resolución que apoyen la mayoría de los miembros del Consejo de Seguridad, a menos que como mínimo dos de los P5 se opongan. Si bien esto no eliminaría por completo el problema, daría más eficacia al Consejo de Seguridad al fomentar debates más constructivos en los que se escuche a todos los miembros del Consejo y no solo a los poderosos países del P5. Se debe respetar la soberanía de los países individuales, pero ante conflictos que causan muerte y destrucción generalizadas, la ONU y sus poderosos tienen la responsabilidad de hacer todo lo posible por restaurar la paz.