Corrupcion en la Contraloria
El título del presente editorial tiene resonancias de oxímoron. El que la Contraloría General de la Nación esté vinculada a escándalos de corrupción y ello haya dado lugar a una sucesión de hechos rocambolescos, prueba el estado calamitoso en que se encuentra la ética pública.
Si ya fue desagradable conocer que los narcotraficantes usaron la valija diplomática para realizar sus envíos de droga al exterior, ahora lastima la respetabilidad republicana la certeza de que uno de los organismos de control más emblemáticos está involucrado, por acción y por omisión, en comportamientos corruptos.
En medio de la tormenta Odebrecht, lo que aún hay que saber sobre otras denuncias como Caminosca o la comercialización del crudo, el país está llegando a una intolerable sensación de náusea, que supera la capacidad adquirida para resistir escándalos.
Y ello se siente más en razón de que pese a que el discurso presidencial trajo una sensación de viento fresco, la devaluación de la palabra oficial obliga a establecer conclusiones, a superar viejas y nuevas incertidumbres, con determinada celeridad.
Demasiado tiempo se viene escuchando sobre la lista de Odebrecht y cuando el país la obtiene, se dice que en razón de respeto a los procedimientos esa lista se mantendrá en secreto.
Sin embargo, todos los países vinculados a la recepción de sobornos por parte de la constructora brasileña ya han hecho públicos los nombres de los inculpados y algunos de ellos están presos.
Y no se trata de curiosidad morbosa. Se trata de obtener la certeza de que ha terminado el reino de la impunidad y de que determinado carnet partidario la garantizaba, o por alargamiento de los procesos con la complicidad de la administración de justicia o permitiéndoles huir. Mientras tanto, continúan perseguidos algunos ciudadanos que se atrevieron a presentar denuncias.
Ese mundo al revés tiene que terminar. La única amnistía intolerable es la que se ha mantenido con la corrupción, pero quienes se atrevieron a evidenciarla o a protestar contra ella deben poder seguir disfrutando de su condición de hombres libres. Y pronto.
Para que ello suceda, es imperativo el esfuerzo conjunto, coordinado, de las funciones del Estado. Y, obviamente, una gran voluntad de unidad nacional, imprescindible para lograr volver a “poner de moda la honradez”.