Control de mercado en la educacion superior
El retiro del proyecto que la presidente de la Legislatura propusiera, respecto de la no necesidad de tener un PhD para ser rector de universidad, es una muestra fehaciente de la poca convicción que muchas de las reformas planteadas acarrean y de la debilidad de los aleatorios líderes, de ambos sexos, que pueblan el firmamento político ecuatoriano. La proponente cedió ante las presiones gremiales de quienes ostentan un cartón académico y pretenden crear su circulillo de influencia, restringiendo la competencia de talentos, en un tema, la educación, que no se guía por títulos, cuanto por el conocimiento que los debería acompañar, y muchas veces no lo hace.
Esta actitud de grupúsculo va de la mano con la pretensión de limitar la autonomía universitaria e imponer la uniformidad de requerimientos a lo largo y ancho del espectro universitario que, si por algo se caracteriza, es por su extrema diversidad e individualidad. Sostener que para regentar una universidad se requiere ser PhD es equivalente a argumentar que un hospital solo puede ser dirigido por un médico, o, en el caso extremo de especialización, un manicomio debe estar en manos de un loco.
El PhD (o DPhil) es un título académico que, cuando es extendido por una universidad de prestigio, certifica que quien lo ostenta ha contribuido a expandir las fronteras del conocimiento con una investigación original y que está capacitado para la alta docencia. Toda universidad tiene, además de una visión y una misión, estructura, gobierno, programas, carreras, insumos tecnológicos, docentes, estudiantes, activos fijos, y una economía que debe sustentar todo aquello armónicamente, más aún cuando no se recibe un solo centavo de ningún gobierno. ¿Se requiere ser PhD para hacer todo esto? La respuesta es enfática: ¡No! Y si hay un PhD que lo hace bien, no es por ser PhD sino que lo es como consecuencia de su vocación y experiencia de buen administrador, competente académico, e inspirador líder poseído de las dotes requeridas para cumplir su tarea.
El requisito de PhD para ser rector es, repito, un empujón de un gremio que pretende controlar el mercado, de la misma forma como se lo hace al restringir la autonomía universitaria, doctrina que incluso es consagrada en la Constitución vigente. Los cánones de la disciplina económica funcionan perfectamente en el escogimiento de las carreras, especialidades y titulaciones. La excelencia académica existe, y es el estándar, aún lejano lamentablemente, al que se debe aspirar. Los aportes estatales deben ir principalmente amarrados al otorgamiento de becas y ayudas económicas a los estudiantes que lo ameriten y califiquen. Las universidades privadas, finalmente, pueden o no ser actividades con fines de lucro pero, si son de lucro, deben estar clasificadas como tales y pagar impuestos como cualquier otro negocio.
Es el siglo XXI y la distancia entre la modernidad y el estancamiento se agranda. Con el modelo vigente y la intromisión perversa de un Estado disfuncional en el proceso, nos continuaremos rezagando no obstante tener alumnos inteligentes, docentes preparados y algunos PhD que sí saben ostentar su título, pero no calificarían como rectores efectivos.