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Largo camino al desarme nuclear
Es tiempo de definiciones para el orden nuclear global. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió sobre el acuerdo del programa nuclear de Irán y volverá a imponer sanciones a ese país. Además está previsto su encuentro con el líder norcoreano Kim Jong-un en una cumbre que también tendrá consecuencias para el programa nuclear de Pyonyang. Dado que Trump está rodeado de asesores de posturas radicales (como el secretario de Estado Mike Pompeo y el asesor de seguridad nacional John Bolton) es probable que este mes se salde con retrocesos para la causa de la desnuclearización. Por eso es más importante que nunca que la comunidad internacional defienda las obligaciones instituidas por los acuerdos actuales, empezando por el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) de 1968. Pero para eso habrá que mantener difíciles conversaciones. La aplicación de los acuerdos multilaterales suele ser imperfecta y el régimen internacional de no proliferación no es diferente. En este marco imperfecto, muchos países lamentan la negativa de los firmantes del TNP a discutir su propio desarme. El artículo VI del TNP obliga a las partes a celebrar negociaciones “de buena fe” para el desarme, pero los Estados que ratificaron el tratado y poseen un arsenal nuclear interpretan que esta cláusula no les prohíbe conservarlo. Más bien, basándose en la doctrina de la disuasión, sostienen que una reducción de ese arsenal debilitaría la seguridad global. Obviamente, los Estados que no tienen armas nucleares ven las cosas de otro modo. Y el año pasado dejaron sentadas sus ideas en un tratado complementario en NN. UU.: Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), firmado por 58 países y ratificado por ocho. Si algún día entra en vigencia, prohibirá el uso, la amenaza de uso o la posesión de armas nucleares, y es un paso importante hacia el establecimiento de una nueva norma internacional, y una consecuencia lógica de las falencias del TNP. Pero ha generado una intensa oposición, porque va más allá que el TNP en dos aspectos clave: prohibiría los esquemas de cooperación nuclear que permiten a los Estados con armas nucleares desplegarlas en territorio de Estados aliados; y debilita la lógica de la disuasión, al proscribir la “amenaza de uso”. Para que el régimen global de no proliferación siga siendo viable, es necesario resolver las diferencias de visión que hay entre el TNP y el TPAN. Para ello, la comunidad internacional debe acordar una estrategia para la búsqueda de un orden internacional en el que la reducción de arsenales nucleares refuerce la seguridad regional y global, en vez de ponerla en peligro. Serán negociaciones difíciles, pero la alternativa es mucho peor que algún ego lastimado. A pesar de sus falencias, el TNP trajo consigo años de estabilidad nuclear. Incluso los países que se negaron a firmarlo tienen un interés en su continuidad (con o sin TPAN), porque su anulación tendría graves consecuencias para la seguridad global. Por eso es urgente que todas las partes redescubran el interés compartido en la búsqueda de un desarme práctico y efectivo. Los dos tratados pueden converger en un marco que: minimice las amenazas nucleares en el corto plazo; reduzca la cantidad de armas nucleares en el mediano plazo; y aspire a la eliminación completa, verificable e irreversible de las armas nucleares en el largo plazo. La peor amenaza de todas es el debilitamiento del TNP, que ha sido el fundamento del orden nuclear global por medio siglo.