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La calidad de los candidatos
Apoco más de seis meses de las elecciones en las que decidiremos a quiénes queremos como autoridades seccionales, conviene reflexionar seriamente sobre el asunto y no ir a votar solo para cumplir con una rutina obligatoria.
Un asunto vital sobre el que cabe pensar detenidamente tiene que ver con la calidad de los candidatos y el presente editorial aspira a contribuir a establecerla.
¿Cómo entender la calidad para poder aplicar ese discernimiento a los aspirantes a importantes cargos de elección popular?
Sería bueno partir de un breve análisis de lo que nos significa el concepto calidad. Una buena definición, que vale la pena compartir, establece a la calidad como el conjunto de propiedades inherentes a una cosa que permita caracterizarla y valorarla con respecto a las restantes de su especie.
No queremos comparar a los candidatos con cosas, pero sí es posible observar las propiedades a ellos inherentes, especialmente las vinculadas con el ejercicio de la dignidad que con el voto se les otorga.
Una primera y sustantiva es su honestidad. Cabe recordar que la honestidad incluye a la honradez, condición imperativa en los días que corren y siempre, pero es bastante más que eso. Se necesitan alcaldes y prefectos honestos. Lo señalado determina, y hay que admitirlo, que no siempre hemos elegido, por ejemplo, a gente honrada, lo que a su vez establece que si los por nosotros designados han actuado con corrupción, la culpa de que así ocurra es nuestra.
Las elecciones seccionales tienen la ventaja de que normalmente los candidatos son personalidades conocidas de los ciudadanos que las eligen. No cabe entonces otorgarle el voto a nadie con fama de pillo. Claro que la gente cambia en el ejercicio del cargo pero, generalmente, un honesto quiere seguirlo siendo y un corrupto igual.
En todo caso queda la posibilidad de caracterizar y valorar al que deseamos favorecer respecto a otros de su especie, es decir los demás candidatos.
Si luego de proceder como se sugiere no le resulta digno de su voto ningún candidato, anule el voto y libre a su ciudad y a su provincia de un malandrín.
Por el contrario, si el seleccionado cumple los parámetros que usted eligió para valorarlo, dedíquese con fuerza, desde ya, a trabajar consiguiéndole adeptos, de modo que se garantice su victoria.