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Los buses no votan
Según un importante rotativo de Guayaquil, el oficialismo contrató 850 autobuses para transportar a sus seguidores de todas partes, hasta del último rincón del país, para la celebración de estos nefastos diez años de mandato. Si esos buses se hubieran ocupado plenamente por los concurrentes, la celebración habría contado con más de treinta mil asistentes. Pero la realidad fue que no pasaron de cinco o seis mil manifestantes, tanto que el rey se sintió defraudado y se retiró muy rápidamente. Tenía razón para hacerlo pues un gasto tan grande para tan pequeño resultado era inconcebible y dejaba la impresión de que los buses vinieron casi vacíos en su mayor parte. Esto no tiene importancia, pues como se ha visto el asunto pasó casi desapercibido; lo que realmente vale es que, por fin, el correísmo ha tocado el clarín de su retirada, pero dejando al país dividido, con crisis económica y un endeudamiento muy grande, que deberá pagar el próximo, y tal vez, los próximos gobiernos, porque casi cuarenta mil millones de dólares con altos intereses no se podrán absorber en un solo período constitucional. Esto es lo que tiene que prever el nuevo gobernante que, por lo que se observa, no será una continuación del socialismo del siglo XXI, que tantos desastres ha causado y no solo en Ecuador, sino en países como Venezuela, que tiene un potencial económico inmenso, radicado especialmente en su enorme riqueza petrolera y cuya realidad tan grave no seguirá el pueblo ecuatoriano, que ya ha padecido diez años de esta tortura llamada revolución ciudadana: el autoritarismo, la conjunción de todos los poderes en una sola persona, la persecución a todos cuantos se atrevieron a disentir de la palabra divina del gobernante, la cuasiliquidación de la libertad de expresión, sostenida durante décadas por las publicaciones independientes y bajo el régimen que concluye, establecida únicamente para los numerosos medios de comunicación que el Gobierno ha mantenido en sus manos. Felizmente los buses no votan, pero será muy serio el papel que le tocará asumir al próximo gobierno para solventar una situación que no solo tiene que ver con la economía, sino con otros asuntos de primordial importancia, como reconstruir la unidad nacional, resquebrajada tan profundamente por una década de enfrentamientos y persecuciones.
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