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Acabar la guerra contra los ninos

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Hace 20 años, la Asamblea General de las Naciones Unidas recibió un informe de la exministra de educación de Mozambique Graça Machel, que detallaba los efectos de los conflictos armados sobre los niños. En la documentación de un patrón de ataques sistemáticos e intencionales que incluían asesinatos, violaciones y reclutamiento forzado en grupos armados, Machel concluía: “Este es un espacio carente de los valores humanos más básicos... Hay pocos abismos más profundos a los que puede caer la humanidad”. Estaba equivocada: una generación más tarde, la humanidad se desploma aún más profundamente en la depravación moral. Los niños que viven en las zonas de conflicto son blanco de la violencia a una escala sin precedentes y el elaborado sistema de las disposiciones de la ONU sobre los derechos humanos, diseñado para protegerlos, es violado con impunidad. La comunidad internacional debe trazar una línea y detener la guerra contra los niños. Esa guerra asume diversas formas. En algunos casos, los niños son objetivos en la primera línea: las violaciones, los casamientos forzados, la esclavización y el rapto se han convertido en tácticas estándar para grupos como el Estado Islámico en Irak y Siria, Boko Haram al norte de Nigeria, y sus contrapartes en Afganistán, Pakistán y Somalia. Matar niños por asistir a la escuela se considera una estrategia militar legítima. En otros casos, los niños sufren ataques tanto del sector estatal como de actores no estatales. En 1997 la Asamblea General estableció un representante especial para la Cuestión de los Niños y los Conflictos Armados, para que identificara e informara al secretario general del Consejo de Seguridad sobre las partes de conflictos responsables de violaciones atroces y sostenidas. Este monitorea seis tipos de violaciones a los derechos de los niños: asesinatos y mutilaciones, violencia sexual, reclutamiento militar, ataques a escuelas y centros de salud, secuestros y denegación del acceso a la asistencia humanitaria. Cada una de ellas está prohibida por el derecho internacional, incluida la Convención de Ginebra de 1949, que exige a las partes en un conflicto que protejan a los civiles y permitan el acceso a la atención humanitaria, y la Convención Internacional de los Derechos del Niño, el tratado más ampliamente ratificado del mundo sobre derechos humanos, que proporciona una lista integral de los derechos de los niños. La violencia contra ellos continúa por una crisis de cumplimiento. La comunidad internacional está fracasando a la hora de hacer cumplir las leyes, normas y reglas que definen los estándares civilizados. Para decirlo sin rodeos, matar, mutilar y aterrorizar a los niños es una actividad que no conlleva costo alguno. Esta crisis comienza en la cúpula del sistema de la ONU y se extiende a partir de allí, a través del Consejo de Seguridad hasta la Asamblea General y los gobiernos miembros. Es hora de reafirmar los valores que sostienen las disposiciones sobre los derechos humanos de la ONU. La única forma de poner fin a la impunidad de los crímenes atroces contra los niños es hacer cumplir una rendición de cuentas genuina y llevar a los perpetradores ante la justicia: un Tribunal Penal Internacional para los Niños, autorizado a investigar y enjuiciar a actores estatales y no estatales por crímenes de guerra contra niños. Si existe una causa que puede unir a un mundo dividido, es ciertamente esta.

Project Syndicate

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