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Diario Expreso Ecuador

Gorilas con sirenas

En el resignarse y ceder el paso del ciudadano, sin preguntar, hay reconocimiento tácito de que la identidad del poder está en la exención y el privilegio

Referencial. Carros de lujo, sin placas y con sirenas en el tráfico, y los ciudadanos tácitamente ceden el paso al abuso del poder.

Referencial. Carros de lujo, sin placas y con sirenas en el tráfico, y los ciudadanos tácitamente ceden el paso al abuso del poder.Generada con IA

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Andan en grupos de tres a seis todoterrenos de alta gama (según el rango del funcionario, supongo), con una o dos motos por delante de la caravana, una o dos motos por detrás, a toda madre por el carril exclusivo del transporte público, a veces con una avanzada de policías que les abre el paso a un par de cuadras de distancia, cortando el tráfico en los semáforos para que la caravana no tenga que sufrir la intolerable humillación de detenerse ante la luz roja, faltaría más, qué ordinariez, o haciendo parar a los que vienen de frente para que sus carros puedan tomar el giro prohibido porque las leyes no se hicieron para ellos.

Los privilegios son para funcionarios de todo nivel

Y hasta los que no tienen el rango necesario para disponer de esa avanzada que los libere del insoportable marasmo vehicular capitalino (¿subsecretarios, asesores, directores…?), hasta ésos se dan modos para cruzarse los semáforos o tomar los giros prohibidos: se valen, para ello, de las sirenas de su reducida escolta, con las que obligan a los carros que tienen por delante a virar hacia un lado u otro y treparse en la vereda si hace falta para abrir un tercer carril por el que ellos puedan circular, amos y señores, raudos y veloces hacia su destino, que no puede ser otro que la salvación de la patria o el almuerzo en el restaurante de moda.

Y cada vez que observo esta escena, que ocurre un promedio de seis u ocho veces diarias en la esquina de mi casa y cientos, quizá miles de veces en toda la ciudad, a toda hora, me pregunto por qué los pacíficos conductores que soportan ese trato, apurados como están por llevar a los guaguas a la escuela al comenzar el día o extenuados tras una jornada de trabajo al caer la tarde, disciplinadamente detenidos en los semáforos, se sienten obligados a abrir el paso, como si de ambulancias se tratara, al grupete de todoterrenos sin placas y con los cristales ahumados (ilegales ambas cosas) nomás porque les atosigan con las sirenas; abrirles el paso aunque no tengan insignias policiales ni sellos de la cruz roja o los bomberos ni distintivo alguno; aunque no sean sino inidentificados carros de lujo sin placas y con los cristales ahumados haciendo sonar sus sirenas todo el tiempo, condenados sus importantísimos ocupantes a escuchar por donde vayan su propio y entontecedor estruendo, embruteciéndose un poco más de ruido con cada kilómetro recorrido, lo cual explica algunas cosas.

Amos de su propia ley, la imponen a otros

¿Por qué abrirles el paso? ¿No podrían ser mafiosos? ¿Lo son? Probablemente. Algo tienen en común con ellos, eso es seguro. Algo en la forma en que entienden el poder, algo en su incivil comportamiento, en el lugar que se atribuyen en la comunidad, árbitros de su propia jurisdicción, amos de su propia ley que reclaman, bajo el fragor de la sirena, el derecho de imponérsela a los otros.

En ese resignarse y cederles el paso sin hacer preguntas hay un tácito reconocimiento de que la identidad del poder, de cualquier poder, lo mismo da el mafioso que el gubernamental, si es que cabe diferenciarlos, la identidad del poder está en el fuero, la exención, el privilegio. En eso reside el secreto de una conducta cívica que excluye el principio de igualdad ante la ley.

Veo a los pacíficos conductores treparse a la vereda para abrir paso a los gorilas con sirenas y pienso que en ese sencillo gesto está representada la tragedia nacional.

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