El imperio de la crueldad
Preguntémonos qué dicen nuestras pantallas como reflejo de nosotros mismos y qué otra gran violencia, no solo la del narco, engullimos tranquilamente cada día

Muchas veces la violencia simplemente llegó primero y produjo una reacción en las artes y el entretenimiento: primero vino el narco y luego el narcocorrido.
En tiempos de criminalidad mediatizada, de imágenes viralizadas de cuerpos torturados y de la narración diaria y parsimoniosa de atentados y masacres, los ecuatorianos se preguntan lo que otros latinos se cuestionaron antes y lo que medio mundo, muchas veces sin llegar a estos niveles de violencia, debatió décadas atrás: ¿será que la ficción ha inducido toda esta maldad en las mentes de nuestros hijos? Novelas y canciones que glorifican a los capos y sus cortejos de amantes, gatilleros y, sí, artistas. Películas y series que explotan el impacto emocional de la violencia gráfica. Videojuegos que te hacen partícipe de ella. A todo eso han apuntado los papitos y las mamitas, y ciertos legisladores aprovechados, cuando han tratado de explicar por qué hoy, al menos en su memoria (que ahora mismo en el Ecuador no se equivoca), la gente es más violenta que ayer.
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Las artes y el entretenimiento reaccionaron a la violencia
La mayoría de los estudiosos son escépticos de esa teoría, o al menos declaran que el problema en realidad es multifactorial (¿cuándo no?). A simple vista, los países que existimos en el mismo medio cultural, cosa que con la globalización vienen a ser ya casi todos, tienen distintos tipos y niveles de violencia. Y muchas veces la violencia simplemente llegó primero y produjo una reacción en las artes y el entretenimiento, sea como una observación desde afuera o como un producto del patronazgo directo de los capos: primero vino el narco y luego el narcocorrido.
Es más importante preguntarnos, entonces, qué nos dicen nuestras pantallas como reflejo de nosotros mismos que como instrumento de tentación. Lo que nos venden de forma masiva y continua es lo que aceptamos gustosamente consumir, y eso muchas veces solo después de que largos estudios le hayan dado la confianza a quienes se arriesgan a vendérnoslo de que lo compraremos.
También vale preguntarnos: ¿qué otra gran violencia, y no solo la del narco, engullimos tranquilamente todos los días? No vemos, por ejemplo, a las mamitas y papitos llorar tanto por un perseguido político o por una viuda a la que no le pagan su justa parte de una indemnización. Más les indignan la novela y el reguetón.