La tiranía en la base
Inseguridad jurídica, mandos medios e intervencionismo estatal bloquean el crecimiento económico, y sin un tejido empresarial sólido, Ecuador no tendrá futuro

Estamos muy atentos a las señales autoritarias en la cúspide, pero muy habituados a la tiranía de los mandos medios y bajos en las instituciones públicas.
Que el crimen organizado es el mayor enemigo de la nación es una perogrullada. Lo que no lo es tanto es que su combate, necesario para restablecer mínimas condiciones de seguridad y paz, no resuelve el problema estructural del Ecuador para generar seguridad jurídica, oportunidades y crecimiento, en este orden. Recordemos que apenas una de cada tres personas acceden a un empleo adecuado, una falencia crónica, anterior a la toma del país por las mafias. Una sociedad sin un crecimiento sostenido del tejido empresarial, fuente de empleo productivo por antonomasia, tendrá mal futuro, aunque sus calles sean tan seguras como un cementerio.
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El inmenso potencial nacional, que no está en el subsuelo sino en la actitud e iniciativa libre de los individuos, tiene su mayor lastre en el aparato público, desde siempre, porque somos muy coloniales en esta materia: hay una regulación, un trámite, una licencia para casi todo, hasta para morirse. Muchas oportunidades se abandonan antes de ver la luz por el costo, energía y tiempo que supone atravesar por derecho el laberinto normativo, cada vez más enrevesado e incierto, para concretarlas, o porque sus promotores no están dispuestos a someterse a las corruptelas que el intervencionismo estatal ha exacerbado.
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La tiranía de los mandos medios
Si en la letra de la ley queda un margen mínimo, inferior al constitucional, para delegar a la iniciativa privada la gestión de los sectores estratégicos -inmediato motor de desarrollo-, en la práctica ha quedado anulado por la lentitud, complejidad y opacidad de los procesos y por la acción -y sobre todo la inacción- de los mandos medios del ‘establishment’. Aunque Carondelet ordene levar anclas, el estado-sombra las mantiene inamovibles, nada mejora el déficit eléctrico, nada detiene la caída de la producción petrolera, el catastro minero permanece clausurado, impidiendo nuevas inversiones en exploración -como quien cierra un pozo de agua mientras la gente muere de sed-, nada cambia las competencias tentaculares del aparato público, que drena el tributo ciudadano. Estamos muy atentos a las señales autoritarias en la cúspide, pero muy habituados a la tiranía de los mandos medios y bajos, a pesar de que son éstos los que tienen el poder de torcer un diminuto diente de un minúsculo piñón del gigantesco engranaje procedimental para que el reloj de la ley se detenga o marque la hora equivocada. ¡Y a joderse!