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Diario Expreso Ecuador

Defensa apasionada del reino español

José Mejía Lequerica defendió en las Cortes de Cádiz la lealtad de Quito a España, rechazando tajantemente el término rebelde aplicado a su provincia natal

En las Cortes de Cádiz, Mejía fue conocido por su elocuencia (el Mirabeau americano, le decían).

En las Cortes de Cádiz, Mejía fue conocido por su elocuencia (el Mirabeau americano, le decían).Archivo Expreso

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José Mejía Lequerica, nacido en Quito en 1775 (otros dicen que en 1777), fue diputado a las Cortes de Cádiz, que fue la reunión de los representantes del Reino de España provenientes de Europa, América y Asia para la elaboración de una Constitución liberal, que se aprobó el 19 de marzo de 1812. Mejía era un representante del Virreinato de Nueva Granada.

En las Cortes, Mejía fue conocido por su elocuencia (el Mirabeau americano, le decían). En la sesión del 12 de octubre de 1811, el ministro de Gracia y Justicia presentó un informe acerca del “Estado de América”, donde denunció a Quito como rebelde. Por esos días, Mejía era oficial del Ministerio de Gracia y Justicia, pero decidió responder porque se sintió muy ofendido. La razón: porque “se halla injuriada altamente la provincia que tengo el honor de representar”, debido a que “se la llama todavía rebelde, acaso por falta de noticias”. Y ofreció la presentación en la siguiente sesión de “cartas oficiales de esa Junta que se llama revoltosa, y allí se verán datos positivos de la fidelidad que es característica de aquellos españoles americanos”.

La fidelidad de Quito

En la sesión del 13 de octubre, Mejía leyó estos documentos que había ofrecido y dedujo de ellos que “la junta de Quito no se instaló sino en fuerza de las circunstancias (…) reconociendo al gobierno supremo de España y protestando que se sometía a sus órdenes, para lo cual le dio inmediatamente parte de su erección”. Prosigue: “¿y esta ciudad merece el nombre de rebelde? ¿Será justo llamarla revolucionaria?”. Y concluye, dirigiéndose a quien presidía las Cortes, “se sirva estar seguro de la fidelidad de Quito, que en lealtad a nuestro legítimo rey y constante adhesión a la santa causa que sostenemos, no cede a ninguna de las provincias más distinguidas del nuevo y antiguo mundo”. En su defensa apasionada del reino español, recordemos que el ministro de Guerra y Justicia de la Junta de Quito, Rodríguez de Quiroga, retó a Napoleón a que cruce los mares, porque en Quito le esperaba “un pueblo lleno de religión, de valor y de energía”.

Unos días después, el 1 de noviembre de 1811, el Ministerio de Gracia y Justicia volvió a la carga en respuesta a la opinión de “un diputado tan distinguido por sus luces como el señor Mejía (…) movido, sin duda, por un celo laudable por el honor de su país natal”. En resumen: “Lo peor es que la tranquilidad está turbada o casi ha desaparecido en Quito”.

Podía haber alboroto, pero jamás una falta de fidelidad. En su nueva réplica, Mejía distingue las dos posturas: “si el benemérito Ministro tiene motivos de sospechar de la Junta de Quito, yo los tengo, señor, de confiar”. Y advirtiendo que los hechos de rebeldía que se le imputan a Quito se han realizado “a 3.000 leguas de distancia”, Mejía explicita la diferencia entre unos y otros argumentos: “No hay más diferencia sino que yo hablo de personas que conozco personalmente; y por la naturaleza de la cuestión no dudo que todos desearán que esta vez acierte más bien el oficial que su jefe”.

En su defensa apasionada del reino español, el oficial Mejía venció a su jefe: aclaró que Quito no fue ni rebelde ni revolucionaria, fue siempre leal a su reino español. Quito, ‘semper fidelis’.

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