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Diario Expreso Ecuador

Guayaquil en la pendiente

De pequeños nos dijeron que esta era una ciudad libérrima y heroica. Hoy los guayaquileños que protestaban contra el poder central aceptan todo con resignación

Entre el miedo en las calles, las imposiciones y los cortes de luz, Guayaquil conmemora su libertad, sin el carácter libérrimo y guerrero que siempre caracterizó a los guayaquileños.

Entre el miedo en las calles, las imposiciones y los cortes de luz, Guayaquil conmemora su libertad, sin el carácter libérrimo y guerrero que siempre caracterizó a los guayaquileños.Archivo Expreso

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A vísperas de la fiesta de su libertad, Guayaquil no se siente como una ciudad libre. En el sentido más elemental, ni siquiera somos libres de transitar sin miedo por sus calles. Tampoco resulta una ciudad muy acogedora. No tenemos otro refugio del calor que el aire acondicionado, y ya ni eso, porque se va la luz hasta en los centros comerciales, donde se aglomera la gente a esconderse de la canícula. En lo político, la gente que hace años salía a protestar con orgullo contra toda imposición proveniente del poder central hoy acepta con resignación que le impongan candidaturas escandalosas, que le suban los impuestos y que le corten los servicios.

De pequeños nos dijeron que esta era una ciudad libérrima, heroica. Sus primeros pobladores fueron audaces navegantes y aguerridos luchadores, que nunca toleraron la sumisión al Inca. Sus próceres venían no solo de aquí sino de los confines de América y, arriesgándolo todo, combatieron en Camino Real, en Tanizagua, dos veces en Huachi, en Riobamba y en Pichincha, hasta ver a su tierra liberada y su promesa cumplida. Sus obreros también derramaron su sangre en defensa de sus derechos, alcanzado a través de su inmolación una inmortal unión con nuestras aguas, y hasta sus adineradas matronas salieron a las calles también cuando escucharon el llamado de sus hijos.

La esperanza de una nueva generación de guayaquileños

Ahora es imposible reconocer aquello frente al espejo o sacando la cabeza por la ventana. Para muchos solo queda seguir trabajando y trabajando, esperando a que por fin llegue la suerte, a que por fin se pongan las pilas los políticos que nos tocaron, rogando por que este año no llueva mucho.

Esperando así los agarrará el día en que las aguas desborden las alcantarillas de Guayaquil y las plantas de tratamiento de sus suburbios en Samborondón. Cuando las aguas y el detrito retrocedan, ojalá que una generación más fecunda o esta misma, por fin despierta, pueda encontrar un buen suelo sobre el cual volver a empezar.

Y si no llega ese nuevo amanecer, si después de la crecida de las aguas no queda nada o, peor, queda lo mismo, al menos habrá un consuelo: la certeza de que siempre existirán guayaquileños que amen a su ciudad, a pesar de todo.

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