El resultado no basta
Es urgente que trabajemos en cada estudiante para que elabore la conciencia de que es el conocimiento el que lo realiza.

El auge de la "titulitis" y el uso de la tecnología para el fraude académico ponen en jaque el binomio entre ética y conocimiento en las aulas universitarias.
Fue noticia, hace poco, el descubrimiento de que estudiantes de medicina de la Universidad Central, de manera electrónica y sofisticada, fraudulentamente rendían exámenes. De inmediato, la altisonancia, el cruce de opiniones y el rasgado de vestiduras se hicieron presentes, pero, como siempre, más como crítica y asombro que como un análisis de la realidad.
La presión por la nota y el título
Que el asunto es lamentable, es obvio, pero es claro que tiene viejas raíces, cuando se pasó por colegios y escuelas falseando la realidad, inventando y mostrando un conocimiento no adquirido y de espaldas a una ética que no se vivió. Que es vergonzoso, y hasta peligroso, que un futuro médico desprecie el aprender y muestre simplemente ambición por un título que por el conocimiento, es grave; más si creció así, sin valores en el proceso, esto es tan solo consecuencia.
Cuando llegó a la educación la corriente de: “lo que cuenta es el resultado”, alumnos y hasta padres tomaron la idea de que alcanzarlo era conseguir la nota y, más tarde, el cartón. ¿Cómo? No importaba. Llegar al diez o al título era obsesión, aunque al hacerlo se hipotecaran, junto al aprender, la honestidad académica, la voluntad de estudiar y el deseo de transcender.
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Agencia EFE
La familia y el alumno han de reflexionar y descubrir que, más que la calificación o el diploma, lo que cuenta es el conocimiento adquirido. Bien sabemos que la mal llamada meritocracia y la titulitis de los últimos tiempos han abonado a la confusión, pero es urgente que trabajemos en cada estudiante para que elabore la conciencia de que es el conocimiento el que lo realiza, la ciencia la que le da soporte y la honestidad la que le da mérito y valor.
Los viejos profesores ponían énfasis no solo en la respuesta, sino, como decían, “en el procedimiento”; es decir, en el proceso que lleva a la conclusión, y daban valor a este como al resultado.
La pedagogía y la ética no pueden divorciarse; resultan ser un binomio perfecto, ineludible para garantizar el resultado, no solo del examen, sino de la vida misma de la persona.