Los antisociales
Las prácticas que merman la confianza entre individuos o rompen reglas ‘insignificantes’ de un establecimiento privado también son actividades antisociales

Las personas que se llevan los contenidos de un camión volcado constituyen un ejemplo típico de cuál es el estado de la sociedad ecuatoriana.
Hay enemigos del Estado, quienes no deberían ser lo mismo que los enemigos del Gobierno. También hay enemigos de la sociedad, es decir, los antisociales. ¿Y quiénes son ellos? En el habla coloquial ecuatoriana, influida por el periodismo comunitario (¿qué fue primero, la gallina o el huevo?), el ‘antisocial’ es un ratero cualquiera, un asaltante de quioscos y arranchador de carteras. En otras palabras, y en el mismo lenguaje popular, es un ‘amigo de lo ajeno’, lo cual lo convierte en un enemigo de esta sociedad que se basa en parte sobre los cimientos de la propiedad.
Pero esa es una visión reduccionista del antisocial, y un desperdicio de la palabra. El antisocial no tiene por qué ser un delincuente. Las prácticas que merman la confianza entre los individuos o que rompen las reglas aparentemente insignificantes de un establecimiento privado también son actividades que van en contra del orden social.
La incivilidad de los ecuatorianos
Hay ejemplos típicos de esto que nos repetimos sin cesar cuando queremos hacer diagnósticos fatalistas sobre el estado de la sociedad ecuatoriana: la gente que se salta una fila, las personas que se llevan los contenidos de un camión volcado, el empresaurio que sin violar una sola ley exprime a sus trabajadores y el trabajador que pretende dormir cargado al lomo de sus compañeros. Pero no podemos quedarnos dando vueltas en eso.
Uno puedo pasarse la vida entera sin romper una sola ley ni saltarse una sola fila y, sin embargo, usar las mismas normas legales y culturales que lo gobiernan para hacerle la vida imposible a todo el mundo.
Quito
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IVONNE MANTILLA
Ejemplos incómodos de esas actitudes los hay por montones: véase la asociación que no puede celebrar una elección o instalar una directiva en paz sin que se eleve la pelea a instancias judiciales, o el activista que sabotea su propia causa en nombre del purismo y que vive para funar y ser funado, como dicen los pelados. Obsérvese también al indolente que calla ante la tragedia ajena porque no quiero ofender al perpetrador Fulanito, hijo de la Pepita, ni ser visto como amigo de una víctima de mala reputación.
Esa gente disgrega a la sociedad y la debilita más que cualquier sabido en motocicleta.