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Diario Expreso Ecuador

Turismo electoral

Guayaquil no puede ser gobernado desde TikTok por alcaldes desconectados del ciudadano, que hicieron promesas de campaña sin conocer la realidad de los barrios

Representantes desconectados de la realidad urbana desconocen la peligrosidad y problemas de extensas zonas que ni pensaban que existían.

Representantes desconectados de la realidad urbana desconocen la peligrosidad y problemas de extensas zonas que ni pensaban que existían.Archivo Expreso

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“No ha encarado al fin la cruda realidad de respirar hollín y llorar alquitrán”, cantaba La Vela Puerca en ‘Zafar’. Y quizá pocas frases describen mejor a ciertos turistas electorales modernos.

Cada cuatro años aparecen candidatos que hablan de Guayaquil como quien descubre una ciudad nueva. Prometen entenderla, rescatarla y transformarla, pero muchos jamás han encarado la cruda realidad de vivirla. Porque una ciudad no se conoce desde TikTok, desde una oficina o desde una camioneta polarizada. Se conoce caminándola y viviéndola, sin necesidad de caricaturizar al guayaquileño cuando quieres aparentar que lo eres.

Un candidato que no conoce bien la ciudad no será capaz de liderarla

El problema es que Guayaquil terminó convertida para muchos en una maqueta política para hacer turismo electoral: una ciudad de ‘slogans’, ‘renders’ y clichés urbanos. Se repiten los mismos lugares, las mismas tomas de dron y los mismos discursos prefabricados mientras la ciudad real -la de los barrios, comerciantes, parques bellos y otros descuidados, en fin , ciudad con muchas contradicciones- queda fuera del encuadre, arrastrando otro problema: la distancia entre elector y representante. Sin verdaderos distritos uninominales ni partidos profundamente conectados con la comunidad, cualquiera puede aparecer de la nada como candidato y empezar a hablar de una ciudad que apenas conoce.

Recuerdo conversar con jóvenes funcionarios vinculados al turismo que ni siquiera salían a caminar unos metros alrededor de la Plaza de la Administración porque sentían temor en una zona bastante tranquila. El problema no era el sitio, era el desconocimiento. Y cuando se desconoce una ciudad, se termina gobernando desde el prejuicio y no desde la experiencia real. Veían como peligrosas zonas que no lo eran y las dejaban morir; y desconocían a su vez la peligrosidad y problemas de extensas zonas que ni pensaban que existían.

Cuando para visitar a tu propio representante debes cruzar dos o tres cantones, quizá el problema ya no sea solamente político. Quizá el problema es que dejamos nuestras ciudades en manos de visitantes ocasionales que nunca encararon la cruda realidad de respirarlas.

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