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Diario Expreso Ecuador

Mitos de la revolución

Jean-Jacques Rousseau, las contradicciones de la Revolución francesa y cómo el mito del contrato social afectó la libertad individual en Occidente

La Revolución francesa no trajo la libertad al pueblo, sino totalitarismo y una falsa soberanía popular.

La Revolución francesa no trajo la libertad al pueblo, sino totalitarismo y una falsa soberanía popular.Archivo Expreso

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Luego de leer a Rousseau argumentando a favor del igualitarismo, Voltaire afirmó que “jamás se ha empleado tanto ingenio en convertirnos en bestias”. El filósofo de Ferney tenía bien medido al ginebrino, apelativo con que se conocía a Jean-Jacques Rousseau, considerado también por Isaiah Berlin como uno de los principales enemigos de la libertad, precisamente por su igualitarismo de corte jacobino, que se convertiría en uno de los lemas de la Revolución francesa, y por el totalitarismo hábilmente encubierto en su fórmula de la soberanía popular.

La toma de la Bastilla inició un período negro y sanguinario, al extremo que a órdenes de la Asamblea Nacional Constituyente se perpetró el exterminio de aproximadamente 250.000 habitantes, casi todo el pueblo de La Vendée, el primer genocidio en Occidente decretado por la máxima autoridad de un Estado, la asamblea depositaria, ni más ni menos, que de la soberanía que el padre espiritual de la revolución atribuía falsariamente al pueblo, esa entelequia que jamás es depositaria de nada, salvo de las facturas y fracturas de las veleidades del poder.

Ni contrato social ni representación del pueblo

Porque tampoco existe el contrato social, otra imaginación del ginebrino. Ese pacto por el que nadie ha votado ni consentido con la excepción, quizás, de los Artículos de la Confederación acordados en Pensilvania en 1777, rareza que podría explicar la solidez de la democracia norteamericana, a pesar de todos los defectos que se le puedan atribuir. La ficticia representación del pueblo por una asamblea no es más que otra fabulación muy útil al juego político. Es que a nadie le preguntan si quiere convivir en plan tribu o formar una república; si quiere hacerse cargo de su destino o hipotecarlo a favor de cuatro burócratas iluminados. Esto se da por sentado y tan solo le consultan los detalles operativos, que si régimen presidencialista o parlamentario, quién designa a jueces, cómo se gestionan los servicios públicos, la frontera entre la policía y las fuerzas armadas y más asuntos de segundo o tercer orden. Y ni falta hace mencionarlo, al pueblo francés, muy religioso a la sazón, no le preguntaron si debía exterminarse a todo cristo que se opusiera al nuevo orden secularizador y anticatólico, como sucedió. ¡Vaya fraternidad!

La Revolución francesa, como todas las revoluciones, no avanzó en libertades. Tan solo sustituyó las cabezas que movían los hilos del totalitarismo.

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