Dubái
Dubái no es perfecto. Ningún sistema lo es. Pero tiene algo que escasea en nuestra región: orden, coherencia y ejecución

Ejecutivos conversan frente a un paisaje urbano ordenado y moderno, reflejo de un modelo basado en planificación y control.
Dos abogados conversan en voz baja sobre posibles ataques de Irán a Dubái. Están en el Dubai International Financial Centre (DIFC). Uno de ellos dice que el ataque no va ser a Dubái, que será en la capital, es decir en Abu Dabi. Añade que las dos ciudades forman parte de un mismo orden político y religioso, anclado en el islam sunita. Esto es Emiratos Árabes Unidos en funcionamiento.
Cartas de lectores
León XIV y la indiferencia: el llamado urgente del Vaticano contra la guerra y el egoísmo
Cartas de lectores
Llegar a Dubái: entrar a un sistema
La llegada al aeropuerto de Dubái no es solo llegar a un destino con desierto. Es la entrada a un sistema diferente. Todo está diseñado con planeación. No hay ruido. No hay improvisación. Las reglas están ahí, no escritas en cada esquina, pero asumidas por todos. No se ven anuncios publicitarios en las fachadas de los edificios. El comercio no invade la calle con vallas. El comercio se recoge en el interior. La ciudad no grita. Ordena.
En el centro financiero de Dubái el mundo occidental está más presente que el asiático de China. Oficinas, trajes típicos, ‘glamour’, reuniones de negocios y una coreografía conocida, pero en un entorno de señas y miradas distinto. Los edificios llevan el nombre del país como si fueran afirmaciones de identidad. Las banderas aparecen con naturalidad, pero como recordatorio. Aquí hay un proyecto visible, planificado y entendido por quienes acá se ven.
En las calles, los hombres visten de blanco con su ‘kandura’ y las mujeres de negro con ‘abaya’. La elegancia no es una excepción. Es una constante. No hay descuido. No hay exceso visible. La limpieza no es un logro ocasional. La belleza no está en un lugar específico. Está en todo su conjunto.
El Dubai Mall es una mole de marcas de lujo y parece no terminar nunca. El consumismo es parte del sistema. Es una escala social, como en todas partes. Afuera, el espectáculo de una fuente que todas las noches deja ver para todos el poder y la tecnología. Todo funciona a la hora prevista. No existe fricción.
Un modelo que funciona
Dubái es una decisión adoptada en un país donde no existe espacio para la fricción, y les funciona. Es la consecuencia de un modelo que privilegia el orden, la ejecución y la claridad de propósito. Se puede discutir su origen, su contexto, sus límites. Pero es difícil negar su resultado. Funciona.
La comparación con América Latina resulta muy desalentadora. Nuestro problema no es la falta de talento ni de recursos. Es la fricción constante. El ataque como forma de interacción y de ganar adeptos. La dualidad permanente entre lo que se dice y lo que se hace. El desorden aceptado. La falta de consecuencias. El idioma que no se aprende. La planeación ignorada. La falta de pensamiento grupal.
Dubái no es perfecto. Ningún sistema lo es. Pero tiene algo que escasea en nuestra región: coherencia. Las reglas existen y se cumplen. El espacio público responde a una lógica. El comportamiento individual se alinea con un objetivo colectivo.
La conversación inicial de los dos abogados vuelve. Uno de ellos dice que tal vez valga la pena ir a Abu Dabi. No solo para conocer otra ciudad, sino para entender algo de la historia sunita.
La fricción puede ser motor de cambio. Pero cuando se convierte en regla, termina por hacer inviables a los países e instituciones.