No se ría tanto
La burla de un asambleísta ante la crítica ciudadana expone el rechazo del poder al cuestionamiento y la importancia de defender la democracia

Desprestigiar la crítica ciudadana desde el poder de la Asamblea es colocar otro ladrillo en el muro que se levanta alrededor de la libertad de expresión.
El asambleísta de ADN, Xavier Ordóñez, no pudo ocultar su carcajada ante la crítica de un ciudadano durante la transmisión en vivo de una entrevista radial. La misma persona que cuestionó que no se fiscalizaran los casos Progen y ATM con el mismo ímpetu con el que han fiscalizado a sus opositores, terminó haciéndole notar al legislador algo todavía más incómodo: su intolerancia a la crítica.
La reacción del asambleísta es un fiel reflejo del rechazo -que por momentos roza la aversión- que algunas de las cabezas visibles del Gobierno sienten frente a la crítica. Reconocer el exabrupto y responder al cuestionamiento habría sido una reacción sensata. Pero si algo han demostrado algunas de esas mismas figuras es que, cuando se tiene poder, creen que las líneas rojas están ahí para cruzarlas. Ordóñez no se limita a burlarse de la crítica: intenta invalidarla por completo. Asegura, sin presentar una sola prueba, que ese juicio de valor forma parte de una estrategia de adversarios políticos y de sus troles, supuestamente pendientes de cada entrevista que ofrecen para llamar y cuestionarlos.
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Desprestigiar la crítica ciudadana afecta a la libertad de expresión
Independientemente de que el argumento del asambleísta sea cierto o no, el origen de una crítica no basta para invalidarla. Desprestigiar la crítica ciudadana desde el poder es colocar otro ladrillo en el muro que se levanta alrededor de la libertad de expresión. Es instalar la peligrosa idea de que cualquier cuestionamiento puede ser desechado, ridiculizado o reducido a una conspiración con base en una simple presunción. Bajo esa lógica, ya no importa qué se dice ni si existen razones para decirlo: basta con señalar a quien habla, atribuirle una intención y evitar responder. Es una fórmula cómoda para el poder y profundamente dañina para una democracia.
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Pero no todo el panorama es oscuro. La reacción del ciudadano que exigió respeto frente a la burla del legislador deja una señal alentadora. Porque el poder puede intentar desacreditar la crítica, burlarse de ella o etiquetar a quien la formula, pero pierde parte de su ventaja cuando el ciudadano deja de intimidarse.
El miedo a cuestionar al poder comienza a retroceder cuando alguien decide no bajar la voz.