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Diario Expreso Ecuador

emilio romero

Dibujando fronteras

Eso es lo que hay que recordar cuando empecemos a acostumbrarnos. Porque en la vida hay líneas que una vez cruzadas, no se pueden descruzar.

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Todos tenemos límites. Los físicos están impuestos por esa capacidad; los sociales los imponen esas normas de conducta; los religiosos los imponen las convicciones individuales y la religión; y los legales, la ley. Pero los personales o morales (que deberían parecerse a los legales, por imposición o autoconvicción, o a los religiosos, para quienes lo son) empiezan a ser precisados para nosotros desde temprano por el mundo exterior, hasta que llega un punto en que los definimos nosotros mismos. Y, en esa vital definición, dibujamos los linderos (los nuestros personales) que separan aquello que consideramos bueno o apropiado de aquello que no.

Y al dibujar esas fronteras a nuestro alrededor (imaginemos que estamos en el ‘centro’ de una circunferencia y su ‘perímetro’ son nuestros límites) establecemos una especie de ‘zona segura’ dentro de la que podemos movernos libremente -y tomar decisiones y ejercer acciones- sin salirnos de ese contorno definido... es decir, dentro de lo que consideramos nuestros límites. Y poco a poco vamos entendiendo que, a fin de cuentas, el trazar esas fronteras que constriñen (o que deberían constreñir) no es otra cosa que ir teniendo claro lo que para nosotros está mal. Porque -en esta ecuación- no importa tanto lo que está bien, si lo que está mal lo tenemos cristalinamente claro.

Pero a medida que nos vamos moviendo dentro de la ‘zona segura’ y nos acercamos al perímetro de nuestra circunferencia, lo que está fuera de ella está cada vez más cerca. Quedándonos dentro -incluso muy cerca del filo- está claro que no habremos traspasado nuestros límites; sin embargo, las circunstancias allí no son las mismas que en el centro. Pues, como suele suceder, si permanecemos mucho tiempo al borde, nos vamos acostumbrando al sitio... y poco a poco, por lo general, terminamos borrando el contorno y dibujando uno nuevo -un nuevo límite- más adelante.

Y luego, si nos acercamos a esa línea nueva, recién creada, estaremos todavía dentro de nuestros límites... pero no de los originales, estaremos dentro de unos nuevos: redefinidos por habernos acercado tanto al margen y por haber permanecido allí mucho tiempo.

Quizá eso es lo que termina sucediendo con el corruptor, con el corrupto, con el delincuente, o simplemente con el deportista que usa sustancias prohibidas. Empezaron a coquetear con los límites, pensando que no pasaba nada, que todo estaba bien, y se fueron acostumbrando, hasta borrar líneas y redefinir fronteras.

Sin embargo, no es intrínsecamente malo acercarnos a un límite si tenemos la clara conciencia de saber dónde estamos y por qué, la vivencia puede ser incluso aleccionadora... Sí, es incuestionable que el borde no es el centro del círculo, y precisamente porque del otro lado hay tinieblas (las personales, las de cada uno) es que dibujamos la frontera allí y no más adelante... Eso es lo que hay que recordar cuando empecemos a acostumbrarnos. Porque en la vida hay líneas que una vez cruzadas, no se pueden descruzar.

El problema de perseguir tormentas es que, de repente, podemos agarrar una... y, como alguna vez leí por allí, no podemos vivir bailando con el diablo y después preguntarnos qué demonios hacemos en el infierno.

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