Modesto Apolo | Democracia: ser y parecer
En política, las formas importan tanto como el fondo
El viejo principio atribuido a Julio César -“la mujer del César no solo debe ser honesta, sino parecerlo- cobra hoy una vigencia incómoda en el Ecuador. En un contexto donde la desconfianza institucional se ha vuelto estructural, la percepción ya no acompaña a la realidad: muchas veces la sustituye. Y ahí radica el problema. No basta con actuar dentro del marco legal; si las decisiones públicas generan sospecha, el daño político está hecho.
El gobierno de Daniel Noboa ha logrado posicionarse, como una administración que busca orden y resultados. Sin embargo, ciertas actuaciones de organismos como el Tribunal Contencioso Electoral, en relación con organizaciones políticas de oposición -suspensiones, amenazas de cancelación o procesos administrativos acelerados-, aunque puedan estar jurídicamente sustentadas, se producen en un entorno donde estos son percibidos como cercanos al poder. Esa percepción erosiona la legitimidad de sus decisiones.
Lo mismo ocurre con instancias como el Consejo de la Judicatura y el CPCCS, particularmente en procesos sensibles como la designación de autoridades de control. Cuando los procedimientos no solo deben ser legales sino incuestionables, cualquier atisbo de opacidad o direccionamiento alimenta el discurso de persecución política que la oposición capitaliza con eficacia.
El resultado: se fortalece la narrativa de victimización, se polariza el debate y se debilita la credibilidad del sistema democrático. En política, las formas importan tanto como el fondo.
La salida no pasa por renunciar a la aplicación estricta de la ley, sino por reforzar las garantías de transparencia, independencia y el debido proceso. El Gobierno debe ser el primer interesado en que las decisiones de los órganos de control no solo sean correctas, sino incuestionables. Abrir procesos, transparentar motivaciones, comunicar con claridad y evitar cualquier apariencia de arbitrariedad es una obligación democrática.
Porque al final, como en el refrán de la mujer del César, en democracia no basta con tener la razón, hay que demostrarla sin dejar espacio a la duda.