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Carlos Andrés Vera | Los nuevos sociópatas

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Estos nuevos sociópatas no solo que no asumen su responsabilidad sino que la invierten

Imagina a un hombre que ha sostenido relaciones fuera de su matrimonio durante años. Lo ha ocultado con éxito. Ha mantenido la farsa en silencio. Piensa que se ha salido con la suya, que nadie en su familia sospecha. Pero un día su esposa lo descubre infraganti en la habitación, en pleno acto con su amante. La verdad ha sido revelada. Se cayó el telón. No hay relato posible que tape lo evidente. Con el dolor, la vergüenza y las consecuencias que eso implique, lo que sigue es inevitable: hacerse cargo. El marido tendría que ser un cínico, un sociópata, para ponerse en posición de víctima. ¿Verdad? Bueno. En la política la lógica es otra. Si lideró un sistema estatal de sobornos y lo descubrieron: es víctima. Si financió un magnicidio: es víctima. Si recibió dinero ilegal para su campaña: es víctima. Si contrabandeó combustible: es víctima. Estamos ante una nueva clase de sociópatas que no se detienen a reflexionar, mucho menos a asumir, un gramo de responsabilidad por sus actos. Y lo grave: una audiencia que parcialmente les compra el show.

Evidentemente, cualquier condena pública o moral debe ser producto de un proceso justo, basada en evidencias y hechos verificables. Nadie merece nada distinto. Pero una vez que la justicia -y la sociedad- han establecido los hechos, corresponde hacerse cargo. No se puede vivir en la cresta de la ola del poder, del engaño -o del delirio-, hacer daño, delinquir de forma sostenida y pretender que las consecuencias nunca llegarán. Estos nuevos sociópatas no solo no asumen su responsabilidad: la invierten. Se dan el lujo de señalar a otros como sus victimarios. Estamos ante el marido infiel gritando desnudo sobre las sábanas, acusando a su mujer de traidora, mientras la amante se viste al borde de la cama. Eternas víctimas, florecen en un entorno donde todo es micrófono o parlante y el victimismo ocupa el centro de la conversación pública. Mientras más voces compiten por su estatus de mártir, menos lugar queda para las víctimas reales que sí produce la sociedad.

El fenómeno no se queda en la élite política. Se filtra a la opinión pública y a la ciudadanía, que aprende -e imita- con rapidez. Entonces, la realidad se invierte. Es como si al observar aquella escena en la habitación ya no importaran los años de engaño, la arquitectura de lo clandestino ni el peso moral de la traición. El problema fue que alguien abrió la puerta.