Beatriz Bencomo | La eutanasia de un corazón roto
En Cuba no hay eutanasia legal. Hay algo peor: una muerte sin consentimiento en dosis crecientes
Lo que el mundo ve estos días en Cuba no es un accidente ni una sorpresa. Es una pincelada del grotesco caso caribeño, la cereza del pastel de un concierto global de barrabasadas históricas en el clímax de la decadencia y la implosión crítica.
Hace unos días, en Barcelona, Noelia Castillo recibió la eutanasia a los 25 años. Eligió: la defendió en cinco instancias judiciales, se puso su vestido más bonito y se fue sola. Noelia me evocó a mi país. Un país que para vivir ha muerto muchas veces y debe volver a morir.
En Cuba no hay eutanasia legal. Hay algo peor: una muerte sin consentimiento en dosis crecientes. La OMS lo certifica: miles de cirugías pospuestas, treinta mil niños sin vacunar, hospitales que no sostienen urgencias. Y 32.000 embarazadas que sabe Dios cómo van a parir. Nadie eligió.
Mauren, embarazada, confía: el país siempre ha salido adelante. La psicología llama indefensión aprendida a esa fe. Indira, con siete meses, mira a la cámara: “Mi hijo nacerá en un país sin perspectiva”. Alpízar, 78 años, le dio todo a la revolución y hoy dice: “Ni siquiera me han dejado la esperanza de volver a soñar”. No es un disidente. Es un creyente al que le aplican la eutanasia de su fe.
Solo que nombrarlos sin pensamiento crítico nos condena a la catarsis perpetua. Y la catarsis no construye nada.
Joaquín Hernández Alvarado escribió aquí sobre el fin de la utopía cubana. La alianza entre inteligencia y poder fue el arma más eficaz de la revolución, evidenció la columna. Más que los tanques. Porque la revolución no prometió solo pan y techo, prometió sentido. El apagón de hoy es la consecuencia material de un apagón narrativo que empezó décadas antes. Cuando cae el muro de carga no se cae una pared: se cae la casa entera. Por eso, Cuba, me parte el corazón.
Y precisamente por eso insisto: necesitamos menos inventario del colapso, ningún safari humanitario y más Joaquines para pensar a Cuba desde los cimientos, no desde la nostalgia ni desde el odio.
A esta Cuba agonizante prefiero verla morir en paz. No necesita más elegías. Necesita ingenieros del después. Cubanos de aquí y allá, como ave Fénix, para construirla otra vez.