¡Oh!, gloria inmarcesible
Abelardo de la Espriella ganó la presidencia por un estrecho margen, lo que expone una Colombia fracturada; por eso su triunfo no es un cheque en blanco

Abelardo de la Espriella es el presidente electo de Colombia, pero su triunfo es apenas el permiso para empezar y la esperanza de que el bien germine ya.
Durante meses, las encuestas dieron por ganador a Iván Cepeda. Terminó perdiendo por 245 mil votos, la segunda vuelta más cerrada en la historia de Colombia. Abelardo de la Espriella es el presidente electo, según el preconteo. Conviene leerlo sin euforia y sin negarlo.
Lo primero que llama la atención es que Cepeda creció más. Pasó de 9,7 a 12,7 millones, casi tres millones de votos nuevos. Abelardo creció menos, pero ya iba adelante. La derecha había llegado a su tope en mayo, con Paloma Valencia, el uribismo y el voto empresarial ya sumados. A Cepeda le quedaba espacio en el centro y en los verdes. Tenía de dónde crecer, y eso fue lo que pasó.
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Abelardo ganó por la ventaja que traía de la primera vuelta y por la unión del bloque de derecha detrás de él. También por el voto de afuera, donde arrasó. Solo en Estados Unidos sacó siete de cada diez. Esa diferencia fue casi del tamaño del margen final.
La sombra de Petro y el peso del extranjero
Dicho esto, no se puede contar esta elección sin Gustavo Petro. Su figura la marcó de principio a fin. Movilizó a la izquierda como pocos, y de ahí viene buena parte del crecimiento de Cepeda. Pero también la convirtió en un plebiscito sobre su propio gobierno, que es justo el terreno donde la oposición gana. Desconoció el conteo sin pruebas, dos veces. Le terminó pesando.
El mapa repitió la vieja grieta. El Pacífico y el sur con Cepeda. El Caribe y Antioquia, en su mayoría con Abelardo, aunque Cepeda aguantó en zonas como Urabá. La novedad estuvo afuera, donde el voto del exterior pesó como un departamento entero. Bogotá, partida, como casi siempre.
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En campaña no hubo empate. Abelardo entendió antes que nadie el lenguaje de la época. Construyó una marca, eligió un símbolo y se inventó un enemigo a la medida. Cepeda corrió una buena segunda vuelta de coalición, pero cargó todo el tiempo con el peso del gobierno detrás, que terminó tapándolo a él.
Colombia no eligió un programa. Eligió cerrar un ciclo. Ganar por tan poco no es un cheque en blanco, es apenas el permiso para empezar y la esperanza de que el bien germine ya.