Yaguachi en los años 70: recuerdos de infancia, lluvia y maestros
Una mirada nostálgica a la infancia en Yaguachi durante los años 70 y al legado de los maestros que enseñaron a perseverar aun bajo la lluvia

Imagen referencial. Recuerdos de infancia.
Hay recuerdos que no envejecen. El olor a tierra mojada o el agua sobre el techo de zinc me regresan a Yaguachi en los años 70, época de inviernos intensos y vida sencilla.
Amanecía lloviendo y la ilusión de no ir a clases se desvanecía con la voz de mamá: “¡Levántate, que es hora de ir a la escuela!”. Mientras la escuela estuviera abierta y no estuviéramos enfermos, había que cumplir. Cuadernos protegidos en fundas plásticas, la mochila al hombro y zapatos listos: así iniciaba la jornada a la Escuela Antonio José de Sucre. Las calles de tierra se volvían barro.
Las lecciones de una infancia sencilla
Salir limpios era una hazaña; un paso en falso hundía el zapato en el lodo, desatando risas infantiles. Llegábamos con pantalones salpicados y cabello húmedo, pero los cuadernos debían sobrevivir. Antes de entrar al aula, limpiábamos la suela con lo que halláramos. Bajo los pupitres quedaban los zapatos embarrados como evidencia de la aventura. Luego se abrían los cuadernos y comenzaba la clase: afuera llovía, adentro habitaba el conocimiento. Aquellos maestros ejercían con auténtica vocación. No solo enseñaban a leer y escribir, sino disciplina, respeto y amor al estudio. Formaban seres humanos.
Al salir, caminábamos juntos entre charcos. En casa no había abundancia, pero sí cuidado: el uniforme debía lavarse para el día siguiente. Así aprendimos a valorar el esfuerzo de nuestros padres.
Han pasado décadas y una tarde lluviosa revive esa infancia. Aquellas dificultades nos enseñaron perseverancia y responsabilidad. Como educador, profesional del Derecho y magíster en Derecho Procesal, comprendo aún más el valor de la educación. Rendir homenaje a los maestros de Yaguachi es una deuda de gratitud. Como decía Séneca, agradecer es de los actos más nobles, y se paga recordando y transmitiendo lo aprendido. Aquellas lluvias no nos detenían; nos enseñaban que los obstáculos son grandes maestros. Hay lugares que se dejan físicamente, pero jamás con el corazón. Mi homenaje permanente a Yaguachi, a sus maestros y a aquella generación que aprendió que, aun bajo la lluvia, siempre había que seguir caminando.
Elio Roberto Ortega Icaza