Cartas de lectores: El silencio de los inocentes
Todos los expresidentes vivos deberían tener la convicción y la estatura moral para conformar un tácito consejo de honor
Ecuador, esa turbulenta comarca atrapada en telaraña de pecados y virtudes, encajonada en un insólito libreto neorrealista, donde brotan por doquier esos curiosos entes variopintos que conforman la clase política, es difícil encontrar un personaje como lo fue en conmovedor y sorprendente ejemplo, el presidente mexicano Madero, quien ufano dilapidó su fortuna familiar en aras de sus ideales políticos y su exacerbada obsesión por consolidar la libertad de prensa, después del represivo porfiriato y su dictadura de “orden y progreso”. El mismo Francisco Madero que luego fuera masacrado en los aciagos días de la Decena Trágica, junto a los muros de Lecumberri con su vicepresidente Pino Suárez; ese mandatario mártir, de cuyos ojos en los solitarios salones del Palacio Nacional brotaron lágrimas copiosas por la canallesca emboscada en el café Gambrinus y el posterior horripilante asesinato de su patriota y sagaz hermano Gustavo en el cuartel de la Ciudadela.
Es inadmisible un jefe de Estado que no sepa asumir aun la muerte para alcanzar sus ideales, tarde o temprano sus acciones serán sometidas al implacable juicio de la Historia.
Todos los expresidentes vivos deberían tener la convicción y la estatura moral para conformar un tácito consejo de honor, que contribuya a viabilizar la gobernabilidad de una nación; jamás remitirse a ser unos insignificantes y oscuros pensionados que, tras indecorosos e impresentables silencios, esconden la mediocridad moral, las culpas y el miedo.
Por qué no soñar con un presidente que conjugue en sí la personalidad de un Febres-Cordero, el carisma y la bondad de un Gustavo Noboa, la decencia de un Osvaldo Hurtado, la sabiduría de un Yerovi, la frondosa cultura y honestidad de un Velasco Ibarra, el señorío de un Durán Ballén, el pragmatismo y liderazgo con dimensión internacional de un Galo Plaza, la esencia democrática de un Ponce Enríquez.
¿No es hora ya de despejar los obstinados nubarrones y entender que una negociación política jamás puede rebasar líneas de alerta que la conviertan en una indecorosa colusión al servicio de inconfesables intereses que vayan a descuartizar las legítimas esperanzas de un pueblo?
Augusto Osorio M.