Arrepentirse, pero con la decisión de no volver a incurrir en el mismo error

¡La felicidad será la recompensa a su decisión!

Cuántas faltas cometemos, y en algunas ocasiones, numerosas veces al día. Pero Dios nos perdona cuando se lo pedimos. Solo necesitamos arrepentirnos de corazón… Y nosotros, que vivimos en el mundo, criaturas de carne y hueso, ¿no estamos dispuestos a perdonar?, ¿y a pedir perdón? Sea cual fuere la falta cometida, si hay arrepentimiento sincero hay que aceptar la disculpa, hay que decir. En determinadas circunstancias será muy fácil pues la falta es leve; en otras, nos resultará realmente difícil. Pero la gratitud del perdonado -hacia nosotros- será tan grande que nos llenará el espíritu. Pedir perdón también nos gratificará. Siempre será la familia quien se beneficie, pues al arreglarse los problemas en el hogar todos salen ganando: cónyuges, hijos, todo el entorno familiar. En el trabajo lo mismo: jefes y subalternos, perdonándose mutuamente. La institución sigue adelante, reconfortada por la unión. Pero debemos esforzarnos para no volver a caer en la falta. Jesús perdonó a la mujer a la que iban a lapidar. Le dijo: “Tampoco yo te condeno…”, pero “…vete y desde ahora no peques más”. Cometer la falta y arrepentirse, con la decisión de no volver a incurrir en el mismo error. ¿Verdad que vale la pena pedir perdón? ¿Y aceptarlo? Propongámonos y llevemos a la práctica estas líneas que hemos preparado para usted… ¡La felicidad será la recompensa a su decisión!

Mario Monteverde Rodríguez