Guerra de Irán
Qué tan atados estamos a la popularidad de Trump
#Opinión: ¿Qué está pasando en las calles de Estados Unidos que pueda afectar y minar el poder de gobernantes en otras capitales?

Donald Trump, presidente de Estados Unidos.
Lo que debes saber
- El conflicto de Irán, más largo de lo previsto, ha generado incertidumbre y ha reducido su aprobación en Estados Unidos
- La caída de apoyo, sumada a factores como la guerra y la inflación, favorece a los demócratas y pone en riesgo la mayoría republicana en las elecciones intermedias.
- Gobiernos que dependen del respaldo de Washington pueden volverse inestables, mientras que liderazgos con base interna sólida (como el de Nayib Bukele) resisten mejor los cambios externos
La guerra con Irán se encuentra en un vergonzoso período de negociaciones de un conflicto que se suponía duraría pocos días. En medio de esta situación, es innegable que la popularidad y la credibilidad del presidente Donald Trump se han visto afectadas. Más allá del discurso que cada bando pueda sostener, debemos plantearnos una pregunta que repercute directamente aquí, en Ecuador:
¿Qué está pasando en las calles de Estados Unidos que pueda afectar y minar el poder de gobernantes en otras capitales como San Salvador, Quito, Lima o Buenos Aires? Sobre todo, cuando el poder político de algunos gobiernos del “escudo de las Américas” está íntimamente vinculado a la popularidad y estabilidad de un solo presidente.
En apenas semanas de guerra con Irán, y con el posible empantanamiento de las negociaciones, su aprobación dentro de Estados Unidos ha cedido algunos puntos y se mueve en torno al 40%, con picos que han rozado el 36%. Puede parecer poco, pero en un país polarizado, donde nadie parecía cambiar de opinión, perder ese margen es perder energía vital para sostenerse en el poder y garantizar el proyecto republicano.
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Hoy pesa la incertidumbre
Hoy pesa la incertidumbre: presión sobre los precios de la energía y la sensación de que el conflicto puede alargarse sin una salida clara. Después de Afganistán e Irak, el pueblo norteamericano dejó de ver con entusiasmo las guerras prolongadas, tal vez como un “efecto Vietnam” de nuestros días. Esto comienza a minar incluso la confianza de figuras cercanas al trumpismo histórico, como Tucker Carlson, que han advertido sobre el riesgo de repetir errores del pasado, mientras republicanos como Thomas Massie recuerdan que la promesa original era evitar este tipo de conflictos. No hay una ruptura en MAGA, pero el mensaje empieza a ser claro: volver al America First.
Lo que parecía un desgaste limitado a las élites políticas ya comienza a reflejarse en el votante de a pie. En elecciones especiales, los demócratas han logrado avances sostenidos, arrebatando alrededor de 30 escaños a nivel estatal desde 2025. No es un vuelco electoral, pero sí una señal.
Las elecciones intermedias aparecen entonces como una prueba real. El Senado, hoy con una mayoría republicana de 53-47, entra en una zona de tensión. Los demócratas necesitan pocos escaños para competir, y la combinación de guerra, inflación e incertidumbre —sumada al hecho histórico de que el partido gobernante suele perder en las intermedias— abre una ventana de oportunidad. No se trata de si los demócratas tienen o no talento político: muchas veces se triunfa simplemente porque el adversario ya no sabe ejercer el poder.
Y ese desgaste no se queda en Estados Unidos. Se proyecta hacia afuera.
No todos los liderazgos en la región se sostienen por sí solos. Algunos han construido parte de su legitimidad en la cercanía, el respaldo o la validación política que llega desde Washington. Y esa dependencia vuelve precario el poder de cualquier gobernante ya que puede cambiar de un momento a otro. Como decía Henry Kissinger, Estados Unidos no tiene amigos ni enemigos permanentes, solo intereses.
Así, una caída en popularidad, una derrota en el Senado o un giro político en Washington pueden hacer que el vecino del norte mire hacia otros objetivos y otros socios, dejando a presidentes sin proyecto propio en la más absoluta orfandad política.
El contraste es claro. Nayib Bukele nunca fue una extensión de Washington. Fue Bukele con demócratas en la Casa Blanca y lo sigue siendo hoy. No necesitó respaldo externo para ejecutar su política de seguridad ni para construir legitimidad. Primero consolidó control interno; después proyectó poder, haciendo del Bukelismo una moda que inclusive en las recientes elecciones de Perú es eje central.
Y ese ejemplo puede tomarse como advertencia: el liderazgo que se sostiene sobre lo que hace en casa resiste mejor los cambios de afuera. Pero cuando depende demasiado del contexto internacional es, por decirlo sin rodeos, un proyecto débil.
Queda entonces una tarea pendiente: construir identidad política y proyecto propio. Lograr que el aliado externo sea un respaldo y no el eje central del proyecto nacional, depender de la popularidad de un líder extranjero por más bien intencionado que este sea, no garantiza en lo absoluto la estabilidad de cualquier régimen.