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Diario Expreso Ecuador

Oponerse al mundo

La Universidad de Granada tuvo que desmarcarse y recordar que la universidad existe, entre otras cosas, para confrontar ideas

Referencial. Hay que defender la libertad de expresión.

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Debe ser muy tranquilizador vivir en un mundo en el que uno sabe perfectamente cuáles son las ideas correctas y, además, quién puede pronunciarlas. Qué alivio haber resuelto ese viejo inconveniente del pluralismo que es tener que escuchar a personas que están equivocadas.

Ariana Harwicz, escritora argentina y autora de Matate, amor, es una de las voces más provocadoras de la literatura latinoamericana actual. Había sido invitada a un festival literario en la Universidad de Granada. Un grupo universitario protestó por sus posiciones sobre Israel y su rechazo al boicot cultural. El festival decidió retirar la invitación. Siete participantes (los sospechosos de siempre) respaldaron la decisión. Para ellos, dueños de la verdad, Harwicz excedió los límites de la libertad de expresión. Límites fijados por ellos mismos, claro.

Libertad de expresión con condiciones

No hace falta compartir las opiniones de Harwicz. Incluso podríamos pensar que sus ideas son completamente equivocadas. Justamente ahí comienza el problema. Defender la libertad de sostener argumentos con los cuales estamos de acuerdo es fácil. Pero esto no es censura, por supuesto. Se hace en nombre de los derechos humanos. Tampoco es intolerancia. Se protege a los demás de ideas consideradas intolerables. Mucho menos se impone una ortodoxia. Simplemente se determina qué opiniones son compatibles con nuestros valores y quién merece difundirlas. Libertad, pero con términos y condiciones.

La Universidad de Granada tuvo que desmarcarse y recordar que la universidad existe, entre otras cosas, para confrontar ideas. El pluralismo importa cuando las posiciones resultan controvertidas y tal vez importe todavía más precisamente por eso. Quizá ese sea el problema con la libertad. Nos encanta mientras la ejerzan quienes consideramos que tienen razón, pero cuando aparece alguien que nos irrita, descubrimos límites, excepciones y causas superiores que justifican silenciarlo. Y así podemos seguir llamándonos tolerantes.

La conversación de Harwicz tenía un título maravilloso, “Oponerse al mundo”. Y eso está muy bien. Siempre que uno se oponga de la manera correcta.

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