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Diario Expreso Ecuador

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Una vida de entrega a la cultura

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Tras la publicar su obra, García Moreno, el 2014, basada principalmente en la lectura de sus cartas recopiladas y publicadas por Wilfrido Loor, y siguiendo en gran estilo la idea expuesta por el profesor Peter Henderson el 2010, acerca de la formación de un Estado conservador en los Andes “para traer progreso y civilización al país”, sin considerar su tiranía y larga cauda de vejámenes y persecuciones -lo cual a criterio del profesor norteamericano es asunto tangencial-, dio fin a una segunda parte más íntima y casi familiar sobre dicho presidente: García Moreno por sí mismo, en 805 págs., con la hermenéutica de dichas cartas. Al tiempo que continuaba con la Historia de la Literatura ecuatoriana, clasificando notas de su archivo, seguía al día en la literatura contemporánea. Tantos trabajos finalmente agotarían su generoso corazón. Bondadoso con propios y extraños, feliz abuelo por partida cuádruple, normal en todo, disfrutaba sanamente de las delicias de la vida en familia sin dejar a un lado ciertas costumbres de su juventud, pues a pesar de sus casi 84 años, todos los lunes practicaba el andinismo; subía a la cumbre y almorzaba en la Cruz del Ilaló. Aunque siempre representó muchísimos menos años de los que en realidad tenía, la cuesta es elevada, tiene sus grietas y precipicios. La aventura duraba poco más de tres horas. Hasta que la tarde del lunes 20 de febrero de 2017, tras almorzar frugalmente como tenía por hábito, sentado en una butaca de su sala falleció, dadas las preocupaciones por la conmoción que vivía el país en la segunda vuelta electoral. En la madrugada del 21 de febrero su hija Sigrid anunció el deceso. El país se conmovió, las instituciones culturales hicieron un alto en sus labores. El sepelio constituyó prueba fehaciente de las simpatías que había sembrado durante su larga existencia, pues como investigador fue un gran trabajador, exhaustivo y ejemplar, que solía agotar los temas que estudiaba y en lo personal, muy caballeroso. Jamás se le conocieron desplantes ni ambiciones, nunca pronunció una palabra descomedida, ni fue amigo del chisme o la maledicencia. En síntesis, un santo laico que hubiera podido escalar posiciones elevadísimas y ocupar con honor la presidencia de su patria, un ministerio (Educación o Cultura), obtener el Premio Nacional Eugenio Espejo, al que fue nominado por el Consejo Nacional de Cultura en tres ocasiones, pero siendo enemigo del regateo y la palanca, nunca se preocupó de lograr situaciones o prebendas. Y salvando épocas y distancias tuvo para el Ecuador el dinamismo de Pedro Vicente Maldonado, la fe y la esperanza de Eugenio Espejo, la vocación por descubrir el pasado de Juan de Velasco, González Suárez, Pedro Fermín Ceballos, Julio Tobar Donoso, Luis Robalino Dávila, Roberto Andrade y Wilfrido Loor. Por eso sabía retratar con destellos admirables la historia y la literatura ecuatorianas. Su escritura enriquecida con Montalvo, fue oportuna para abordar temas de actualidad a lo Pío Jaramillo, con la constancia del que sabe que dará abundantes frutos. Su obra inmensa requerirá de un esfuerzo conjunto de varias instituciones y personas para su reedición póstuma ¿Y qué de lo inédito? Hizo de su vida una continua entrega a las empresas más elevadas del espíritu a través de su pluma de gran escritor.

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