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Valeria y Oscar
La foto es intolerable: la hija, Valeria (un año, once meses) está metida en la camisa de su padre Carlos, (veinticinco años), muertos en medio de la corriente del río Bravo en la frontera entre México y Estados Unidos. Tania, (21 años), la madre, a duras penas logra sobrevivir a la corriente del río ayudada por un familiar. ¿Sobrevivirá a la tragedia de la muerte de su esposo y de su tierna hija? Algunos opinan que esa foto no es ética, porque traiciona la intimidad de los que murieron y los vuelve espectáculo público. Otros, que no hace sino expresar la tragedia de que está hecha nuestra contemporaneidad: la vuelta al nomadismo que exige el sacrificio de miles de vidas humanas inocentes. La foto es cruel, terrible; nos interpela como seres humanos.
Se cumplen en estos días cincuenta años de la mal llamada “guerra del fútbol”, que enfrentó en 1969 a Honduras con El Salvador, cuyo resultado dejó tres mil muertos. Resulta ofensivo pensar que dos países pobres, casi desconocidos, se enfrentasen militarmente, con armamento de la Segunda Guerra Mundial, por los resultados de un partido, así fuese para clasificar al Mundial de Fútbol. El motivo: de nuevo la tierra, la seguridad del asentamiento. Durante la década hubo una fuerte migración de campesinos salvadoreños a Honduras, país cinco veces más grande que El Salvador y que tenía en esa época 2,7 millones de habitantes, contra los 3 millones de su vecino. Llegaron 300.000 salvadoreños. Los problemas internos del gobierno hondureño llevaron a la deportación de los inmigrantes. El Salvador invadió Honduras y, militarmente, ganó la guerra de las 100 horas, y tuvo que acoger a sus compatriotas. Fue una de las semillas de la guerra de la próxima década.
En su Poema de amor, Roque Dalton habla de los salvadoreños como “los eternos indocumentados”, “los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera”, en fin, “los tristes, más tristes de este mundo”. Según una testigo, en los días anteriores a su fatal intento, en los rostros de Carlos y Tania había miedo, mucho miedo, la otra cara de la tristeza.