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A tres asaltos de romper la historia
La vida le pegó duro, pero él respondió con la misma fuerza. Y este domingo le puede ganar esa batalla.

La vida le pegó duro, pero él respondió con la misma fuerza. Y este domingo le puede ganar esa batalla. Carlos Mina, el boxeador que salió de las calles, está a punto de cumplir su mayor sueño: a las 12:00 pelea por una medalla con el francés Mathieu Bauderlique, en los Juegos Olímpicos de Brasil.
Carlos Mina, de 24 años, simboliza la superación constante. Desde su nacimiento, en Guayaquil, tuvo que fajársela para avanzar. Su padre se desentendió de su responsabilidad y solo su madre, María, luchó por él y sus hermanos.
Y claro, todo era complicado, las necesidades eran muchas y el dinero escaso.
Mina comprendió que no podía quedarse con los brazos cruzados. Priorizó la supervivencia. Cantando en los buses se ganó sus primeros centavos. Le servían para comprar algo de comida. No mucho más. Pero le servía también para desarrollar una de sus aptitudes: el canto. Le gusta el hip hop. Inclusive, ahora tiene un par de canciones.
La búsqueda de oportunidades llevó a la familia hasta Puerto Quito, al noroccidente de Pichincha. Allá se asentaron y poco a poco se acostumbraron a una vida sin tanta bulla.
Allí Mina empezó a forjar su principal pasión: el boxeo. Al principio espiaba a los más grandes hasta que se animó a ponerse los guantes. Había peleado en la calle, defendiendo sus pocas monedas o haciéndose respetar de los demás chicos, pero esta vez tenía la oportunidad de hacer algo más significativo.
Por sus condiciones llamó la atención del entrenador Carlos Vásquez. Su velocidad y su decisión para entrar al intercambio de golpes fueron sus principales cualidades.
Fue solo cuestión de tiempo para que se gane un lugar en la selección de Pichincha. Gracias a que superó un selectivo se fue a vivir a Quito. Allí conoció al entrenador Segundo Chango y empezó una nueva historia.
Mina, acostumbrado a recibir muchos golpes, recibió uno casi de nocaut hace cuatro años: perdió una pelea contra Carlos Góngora y vio frustrada su participación en los Juegos Olímpicos de Londres.
No se rindió. Siguió tumbando barreras y abriéndose un camino hasta llegar allí, a la puerta del último obstáculo.