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Tiempo de suicidios
Se dan dos opiniones opuestas para calificar al suicidio humano (que también sucede en el reino zoológico). Por una parte se toma el quitarse voluntariamente la vida como un acto de cobardía, debido a que el suicida teme enfrentarse a problemas o decepciones que se le presentan (a los que no les encuentra solución) ya sea por deudas, por un amor no correspondido o por una enfermedad incurable. Y por la otra parte se piensa que hay que tener mucho valor para pegarse un tiro, colgarse de una soga o de una sábana, o sumergirse en las aguas con una piedra al cuello.
Una preocupante información nos revela que en el año que acaba de transcurrir, el 2017, se registraron en Guayaquil 138 suicidios y que se contabiliza, ya en el Ecuador, que cada cuatro días se producen estos casos de autoinmolación, como la del hombre que se colgó desde el cuarto piso de un edificio la semana pasada. Eso en lo que se refiere a nuestro medio, pero en otras partes del mundo este índice de autoinmolados también llega a cifras altas. Lo extraño es que sea Suecia, una nación considerada como ejemplar en cuanto a su organización social, con un socialismo muy humanitario, tenga el índice de suicidios más alto de Europa. Y en nuestro continente, la ciudad que fue construida expresamente como capital del Brasil el siglo pasado, Brasilia, con todas las comodidades del caso, también presenta el más elevado número de prófugos de la vida en el continente americano. ¿Extraño y paradójico, verdad?
En Ecuador nuestra historia literaria nos da a conocer el suicidio de cuatro poetas insignes, como lo fueron la aeda romántica del siglo XIX, Dolores Veintimilla de Galindo, que se envenenó en Cuenca acosada por el sectarismo religioso; Medardo Ángel Silva, el gran vate modernista que se liquidó frente a su amada cuando apenas salía de la adolescencia; el cuencano César Dávila Andrade, que en un amanecer se degolló frente a un espejo en Caracas, y David Ledesma Vásquez, que a los 27 años se ahorcó con una corbata amarilla (título de su último poema). ¿Es que la hipersensibilidad del creador lo expone a esas decisiones que también las tomó Alfonsina Storni, que se sumergió en el mar, o Paul Celan, que desapareció en el Sena?