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El sudor y las lagrimas del brexit

Hace poco vi una obra estadounidense en Londres, ‘Sweat’. El Wall Street Journal la describió como una representación que ayudaba a entender la elección de Donald Trump como presidente. Lynn Nottage, su autor, había pasado tiempo conversando con los residentes de una ciudad pobre de Pensilvania que perdía empleos y su modesta prosperidad por la contracción de la industria siderúrgica. La competencia de fabricantes más baratos y trabajadores peor pagados de todo el mundo había devastado su ya débil economía y causado conflictos entre amigos, parientes y razas. El mundo en el que habían crecido, con sus valores y su identidad definida, estaba sufriendo ataques sistemáticamente. No esperando respuesta, se volvieron hacia un afuerino multimillonario que, a diferencia de las élites políticas, todavía no los había desilusionado y parecía compartir con ellos su desdén por el sistema. Algunos políticos y analistas han tratado de explicar de manera similar el voto por el brexit en el Reino Unido. Los padecimientos económicos y una hostilidad general a la inmigración y al sistema político ayudan a explicarlo. Una minoría de votantes laboristas optó por abandonar la Unión Europea y una gran mayoría de votantes conservadores en áreas adineradas de las afueras de Londres. Mientras la mayoría de los votantes mayores respaldaron el brexit, los jóvenes votaron abrumadoramente por quedarse. Hay ahora un cambio perceptible de actitudes a favor de la opción de permanecer en la UE. Los miembros de la Iglesia anglicana votaran por el brexit, y los escoceses e irlandeses del norte votaron abrumadoramente por quedarse. Cuando el RU se unió a la UE en 1973, éramos el enfermo de Europa. Con los años prosperamos en Europa, moldeándola según nuestros intereses y evitando la moneda única y las políticas sociales que pudieran inhibir el crecimiento. Pero aceptamos que para asegurar la igualdad y el éxito del mercado único europeo teníamos que agrupar soberanías y participar en la toma de decisiones acerca de algunas leyes y normas europeas. Quienes creen que colaborar con otros socava nuestra soberanía, no entienden que para solucionar la mayoría de grandes problemas nacionales, desde inmigración ilegal a cambio climático, se requiere cooperación internacional, ahora y a futuro. El mundo ha cambiado. Todavía somos un país notable, pero ya no podemos lograr lo que queremos simplemente con afirmar nuestra voluntad e invocar nuestra historia. Nadie nos debe nada. La primera ministra británica Theresa May tiene que hacer que muchos de sus partidarios enfrenten esta dura verdad. No puede cumplir lo que muchos creen: abandonar la UE sin perder estabilidad económica o influencia política. En el Parlamento avanza fuertemente la postura que reconoce esa opinión, oponiéndose a dejar la UE en los términos propuestos por May. Incluso hay una creciente cantidad de parlamentarios a favor de un segundo referendo para probar si deberíamos salirnos realmente, y algunos derechistas quieren que el gobierno se salga con la suya sin ninguna oposición democrática, para que el país abandone la UE sin importar costes constitucionales o económicos. ¿Está preparada May para enfrentar esto? Si evade la tarea pese ala creciente incomodidad parlamentaria sobre el rumbo que estamos tomando, el RU se verá en apuros.