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Cuales son nuestras treinta
Jerusalén, la ciudad acostumbrada a recibir peregrinos y visitas en época de Pascua. Tal vez como ahora lo son las grandes ciudades adornadas de luz en Navidad, visitadas con gente de todas partes del mundo, que llega en avión, tren y bus, y que busca reunirse con la familia, el centro de la Nochebuena. Allá, en época de Jesús, también la Pascua se celebraba con la familia. Él tenía su propia familia, sus amigos, los apóstoles y algunas mujeres, amigas también.
La mesa de la última cena de Jesús en realidad no existió. La tradición nos dice que al llegar los miembros de la familia y amigos al lugar elegido para la celebración de la Pascua, se recostaban en cojines alrededor de algo parecido a lo que hoy conocemos como mantel. Antes de que se ubiquen para recostarse, generalmente, un esclavo o sirviente los recibía para que se lavasen las manos y los pies. Pies sucios de calles polvosas o de la tierra de sus huertos y sembríos. Esa noche los recibió el mismo Jesús, y fue Él quien, en un dos por tres se transformó en sirviente para lavar a sus amigos.
Luego, entre hierbas amargas y salmos se recordaron los cuarenta años del pueblo en el desierto. Más o menos así debió haber sucedido.
Me pregunto: ¿ dónde se sentaron las mujeres amigas de Jesús? ¿Habrá sido lo suficientemente cerca para ver los ojos vacíos de Judas al preguntar “¿acaso soy yo, Maestro?”. ¿Habrán advertido la traición en la mirada?
El discípulo que Jesús amaba tanto era Juan. Se le recostó en el pecho. Joven, casi adolescente, debió sentir infinita confianza alrededor de esa pregunta de espanto que se hacían los doce: ¿seré yo, Maestro?
Lejos de ahí suenan unas monedas al golpearse entre sí dentro de la bolsa que se balancea al son de un paso apurado y obscuro, que dejan de sonar cuando se estrellan en la nada del cuerpo inerte y colgante de Judas.
Eran treinta monedas de plata. Son treinta miradas de odio, treinta palabras hirientes, treinta silencios cómplices, treinta látigos moralistas, treinta ansias vanas, treinta acosos laborales y treinta traiciones a los amigos.