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Diario Expreso Ecuador

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Revolucion y narcotrafico

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¿O sería mejor decir narcorrevolución? Fue público que, a través del narcotráfico, las FARC atendieron sus propias necesidades financieras. Según datos periodísticos, ese negocio alcanzaría hoy novecientos mil millones de dólares anuales, que pretendieron hacernos creer que era una herramienta revolucionaria en su lucha antiimperialista. Prescindieron de las “expropiaciones” a entidades privadas y optaron por lo lucrativo, disfrutando de impunidad en el país escogido por ellos. Repletaron sus bolsillos y tuvieron dinero suficiente para seguir escupiendo su pretendida revolución comunistoide, financiando campañas electorales en Latinoamérica y continuando a la vez con su deshumanizada labor de fomentar la drogadicción en la juventud mundial. Cabe afirmar, pues, que las FARC y el infame negocio de la droga se vincularon tan estrechamente que, acordada la paz entre esa cúpula terrorista y el gobierno colombiano, varios frentes de la organización la rechazaron arguyendo ser “disidentes” que no abandonarían su revolución. Tal disidencia no tuvo contenido ideológico alguno, ni siquiera partidista: renunciar a un pingüe negocio a cambio de volver a convivir con el subdesarrollo democrático latinoamericano era inadmisible. Disentir, mostrar su desacuerdo, fue un eufemismo con el que disfrazaron la continuidad de un lucrativo delito que les ha deparado riqueza y les liberaba de la inseguridad de valerse por sí mismos. Escogieron zonas adecuadas para su desarrollo criminal, áreas donde imperaran la pobreza y el olvido gubernamental, como ocurre en nuestra frontera norte de Esmeraldas y Sucumbíos. Pagaron salarios superiores a los que podían ofrecer empleadores del lugar, y repartieron incentivos con los que enrolaron a sus víctimas. Los narcos se adueñaron de esas zonas, impusieron su dominio territorial con dádivas, intimidaciones y violencia, faltando poco para que ejercieran en sus poblados la administración de justicia. Por toda una década vivieron en relativa paz sustentada en el temor y el compromiso. Una paz de la que alardeaba nuestra revolución ciudadana, creyendo así esconder su putrefacción moral. Una paz alimentada por la pusilanimidad y la complacencia encubridora.

“Wacho” y sus secuaces se aprovecharon de la extrema pobreza en Mataje para que su negocio prosperara. Según informe periodístico, “Wacho” lidera uno de los doce frentes que tiene el narcoterrorismo, todos actuando a sus anchas. La escalofriante muerte de cuatro soldados y tres periodistas fueron lógicos epílogos de tan miserable componenda.

Moreno se encuentra en un real atolladero, pues los asesinatos cometidos no pueden quedar impunes. Negociar con narcoterroristas implica admitir prestaciones recíprocas que envilecerían a Moreno y su gobierno. Los demenciales asesinatos no pueden negociarse con sus monstruosos autores. Sabemos también que su estrategia tendrá objeciones honestas y también interesadas, que Moreno, consciente del quebranto ético al que está expuesto, deberá sopesarlas con honradez absoluta. Conceder extrañamente un plazo a tres de sus ministros para la entrega de “Wacho” evidencia la ineficacia o insinceridad del segmento correísta incrustado en el poder. Mas, debemos secundar a Moreno, por deleznable que fuere su estrategia. Está de más rebuscar deficiencias o responsabilidades en vez de infundirle valor. Exigimos, sí, pulcritud, y el abandono de algún anacrónico romanticismo ideológico, verdadero lastre que estigmatiza. Es imperioso acabar con el narcoterrorismo, acudiendo a la experiencia y tecnología extranjeras, así como desprenderse de la pusilanimidad acomodaticia de las secuelas correístas, que con algún candor ha admitido Moreno. Y... desearle suerte en ese cometido.

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