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Hablar de izquierdas o derechas es apelar a simple nomenclatura que no dilucida nada y que contribuye a la confusión ciudadana. Pero el tiempo se encargó de que un fenómeno pendular cambiara el curso de las historias nacionales, llevándolas de un extremo político al otro.

En el Ecuador, la revolución ciudadana se encargó de magnificar el descrédito de una derecha, bautizándola como partidocracia. Tras diez años en el poder, sostenida por una incesante y perversa propaganda de corte fascista, se hundió en la corrupción generada desde sus propias entrañas. El péndulo, sin embargo, era inesperado y funcionó a medias, limitado a la eventual reconstrucción económica del país y abandonando el vicioso protagonismo único del Estado en la generación de riqueza: hoy, los conductores del pretendido desarrollo económico exhiben raíces de la escuela liberal y progresista y las reformas legales saludan en algún grado al individualismo empresarial. Podría afirmarse que el péndulo no ha girado lo suficiente, pero que es una cuestión de grados y que el tiempo se encargará de afianzar los resultados favorables de esta primera conversión... si no la frenan quienes, a pesar del desastre revolucionario, continúan enquistados en el Gobierno.

No se crea que solo la impericia socialista generó ese desgaste y que el futuro olvido popular con nuevos y encendidos discursos devolverán el poder a las huestes socialistas. Un proceso tan simple pondría a Correa a esperar confiado su retorno a sus andanzas y a sus viejos discursos acerca de la prevalencia del ser humano sobre el odioso capital. Un capital en dinero contante y sonante que fuera tan apetecido por ellos y cuyo escondite esperamos que se descubra.

El fantasma del abominable delito cometido con el fallido secuestro a Balda y el manifiesto ocultamiento que se hizo de las verdaderas causas del asesinato del general Gabela, mostraron a un gobierno dispuesto a delinquir. Correa hoy está vinculado con tan denigrantes atentados contra el derecho a la vida de dos seres humanos; así, pronto conoceremos al verdadero Correa. Sus planes de asilo político pretextando una persecución serán fallidos también de acuerdo al Estatuto de Roma, que lo proscribe cuando se trata de crímenes -consumados o no- contra el mayor de los derechos humanos: el derecho a la vida. Si tuvo participación en tan execrables infracciones, cualquiera que fuere el grado de esa participación, su correspondiente sanción está en camino, por duro que sea pensar que el presidente de una república pudiera estar coparticipando en ellas.

Viene a mi memoria lo afirmado por George Bernard Shaw, acerca de que no existe hombre que no tenga una hora de estupidez diaria, y que no sobrepasar ese tope constituye una prueba de sabiduría. Pregúntese usted, lector, cuántos de quienes nos gobernaron la década pasada pudieran salir airosos si son medidos con tal rasero y cuántos integrarían lo que un analista político local calificó de “banda de delincuentes”.

Pedimos a Moreno que no desmaye en su intento por moralizar y revitalizar el país. Mas, si quiere obtener resultados ciertos, deberá deshacerse de los correístas enquistados en su administración. Su presencia desconcierta, genera suspicacias, invita al escepticismo. La llamada élite correísta, expresión que sugería la existencia de gente especialmente dotada para gobernarnos, no pasó de ser un grupo de voraces bandoleros sujetos a próxima identificación final. Resultaron ser pillastres disfrazados de salvadores.

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