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La profundidad de los sismos evito catastrofe

Una persona murió de infarto y otras cinco sufrieron caídas en la huida. Daños menores.

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El susto fue grande y las consecuencias pequeñas frente a la intensidad de los dos estremecedores sismos, el de Macas de 7,5 en la escala de Richter y el de Guayaquil de 5,9, que sacudieron el territorio nacional y que volcaron a los ecuatorianos a las calles cuando aún no clareaba el día.

Hubo gritos, llanto, rezos y personas, con sus hijos en brazos, que esperaron el amanecer en las calles, descalzos, sentados en las aceras, ante el miedo de que ocurrieran más movimientos telúricos. Habían sentido dos fuertes remezones en 23 minutos que parecieron eternos, que los hicieron tener las puertas abiertas.

El último reporte de afectación de la Secretaría de Gestión de Riesgos pone en evidencia que las víctimas fueron un muerto y cinco personas heridas, pero ninguna de ellas por colapso de estructuras, sino por caídas durante la evacuación de sus viviendas. De hecho, ninguna estructura cayó.

La única víctima mortal, Eugenio Vera Plúa, de 77 años de edad y habitante de Jaramijó (Manabí), no resistió la impresión y su corazón se detuvo. Su hija, Yudi Vera, cuenta que el adulto mayor intentó salir de su vivienda, en el primer remezón, a las 05:17 de la madrugada, pero sufrió una caída. Tras el segundo movimiento telúrico, 23 minutos después (05:40), cayó fulminado por un paro cardiorrespiratorio.

Los heridos, en cambio, se registraron en Gualaquiza (3), Macas (1) y Cuenca (1),

Ambos remezones, que provocaron daños en ocho casas y otras estructuras, hicieron revivir el más fuerte terremoto del siglo, de 7,8 en la escala abierta de Richter, del 16 de abril de 2016, que devastó la provincia de Manabí y el sur de Esmeraldas, y afectó a gran parte del Ecuador, con daños que superaron los 3.000 millones de dólares.

Aunque la intensidad del sismo de Macas superó los 7,5 grados, la gran bendición para el Ecuador fue que ocurrió a una profundidad de 140 kilómetros. El de Guayaquil, de 5,9, se registró a 70 kilómetros.

El susto fue grande y las consecuencias pequeñas, frente a la intensidad de los dos estremecedores sismos, el de Macas de 7,5 en la escala de Richter y el de Guayaquil de 5,9, que sacudieron el territorio nacional y que volcaron a los ecuatorianos a las calles cuando aún no clareaba el día.

Hubo gritos, llanto, rezos y personas con sus hijos en brazos, que esperaron el amanecer descalzos, sentados en las aceras, ante el miedo de nuevos sacudones de tierra. Habían sentido dos de ellos en 23 minutos que parecieron eternos y el pánico era general.

El último reporte de afectación de la Secretaría de Gestión de Riesgos pone en evidencia que las víctimas fueron un muerto y nueve personas heridas, pero ninguna de ellas por colapso de estructuras, sino por caídas durante la evacuación de sus viviendas. De hecho, ninguna estructura cayó.

La única víctima mortal, Eugenio Vera Plúa, de 77 años de edad y habitante de Jaramijó (Manabí), no resistió la impresión y su corazón se detuvo. El adulto mayor había intentado salir de su casa, en el primer remezón, a las 05:17, pero sufrió una caída. Tras el segundo movimiento, 23 minutos después (05:40), cayó fulminado por un paro cardiorrespiratorio.

Los heridos, en cambio, se registraron en Morona Santiago (5), Los Ríos (3) y Azuay (1),

Ambos remezones, que dejaron daños en 22 casas y otras estructuras, hicieron revivir el más fuerte terremoto del siglo, de 7,8 en la escala de Richter del 16 de abril de 2016, que devastó la provincia de Manabí y el sur de Esmeraldas, y afectó a gran parte del Ecuador, con daños superiores a los $ 3.000 millones.

Aunque la intensidad del sismo de Macas superó los 7,5 grados, este ocurrió a una profundidad de 140 kilómetros. El de Guayaquil, de 5,9, se registró a 70 kilómetros.

Según la sismóloga Mónica Segovia, del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional, mientras más pequeña es la profundidad mayor es el daño. En el caso del devastador terremoto de Pedernales, la escasa profundidad de 20 kilómetros provocó el colapso de estructuras en barrios enteros.

Los sismos de ayer se sintieron en todo el país, pero con más intensidad en Morona Santiago y Guayas. Sus réplicas, de entre 6,1 y 3,5 grados, también asustaron, pero más que nada en las ciudades cercanas a los epicentros.

El reporte preliminar de la Secretaría de Riesgos dice que durante los sismos fueron evacuadas áreas de los hospitales Francisco de Ycaza, de Guayaquil; Martín Icaza, de Babahoyo, y General Docente, de Riobamba; los ECU-911 de Samborondón y Macas.

En Guayaquil, el aeropuerto suspendió temporalmente sus operaciones y los tres túneles fueron cerrados por cerca de dos horas, hasta constatar que no hubo alguna afectación.

En cuanto a los daños a la infraestructura de Morona Santiago, hubo afectación en el piso del hospital de Gualaquiza (Morona), en las paredes y columnas del subcentro de salud Wampuik y en una losa del edificio de la Dirección de Educación de Limón Indanza. En un centro comercial explotaron los ventanales y el cantón Tiwintza se quedó sin luz.

En la provincia del Guayas se reportaron daños menores en 3 viviendas, en el muro del cementerio del Suburbio. También se registró la explosión de transformadores.

En El Oro se fisuraron las paredes en la UPC de Las Peñas (Pasaje) y se reportó la caída de redes eléctricas en El Guabo, Santa Rosa y Zaruma.

En Loja, la afectación fue en dos unidades educativas, mientras que en Riobamba (Chimborazo), una casa de adobe tiene fisuras; y en Manabí hubo cortes de energía eléctrica en los cantones Chone, Portoviejo y Sucre.

Cómo vivió la emergencia Morona

En alerta, pero con calma

Viernes, seis de la tarde. Suenan las campanas de la Catedral de la Purísima en Macas (Morona Santiago). Las personas caminan -pasmosamente- serenas por los verdes senderos del parque central. Han pasado más de doce horas desde que un sismo de 7,5 grados en la escala de Richter los sacudiera con fuerza al amanecer. Y en el centro de la ciudad, con más de 14.000 habitantes, nada se ha alterado.

Los taxistas hablan en grupo; los policías vigilan las calles; los comerciantes deambulan por las veredas; un mendigo pide dinero afuera de una tienda de abastos... El calor empieza a disiparse; corre una ligera ventisca que golpea los rostros húmedos de aquellos que no han vuelto a sus casas. No de todos. Geoconda Espinoza no ha salido de su vivienda de tablas y techo de latas, en Guayabal.

Sentada en una silla con el espaldar remendado, la madre de dos niños, de 11 y 6 años, dice con impavidez que, aunque está en alerta, mantiene la calma. Fueron dos sismos los que atemorizaron a los pobladores: el primero fue a las 05:17; el segundo, de 5,9 grados, tres minutos después. Con una profundidad de 140 kilómetros, el epicentro se registró en el cantón Taisha.

Alexandra Ocles, secretaria de Gestión de Riesgo, dice que hubo 9 heridos a nivel nacional, daños en viviendas, en el Hospital de Gualaquiza y en infraestructura educativa.

Pero ninguno de estos dos eventos se comparan con el que sacudió la Costa ecuatoriana en 2016. Marjorie Carreño lo reconoce. Con ocho meses de embarazo, dice que en ese momento recordó la tragedia en Pedernales y, sin tener una instrucción clara de qué hacer -porque nadie le ha dicho cómo actuar en estos casos- se quedó en su cama hasta que el temblor pasara. “¿Qué está pasando, mami?”, le preguntaba su hijita de siete años. Inocente. Sin saber por qué la tierra, de repente, estaba temblando.

Lo mismo hizo Geoconda. Quedó paralizada en su cama mientras el llanto de sus hijos descargaba en ella ese impulso de ponerlos a salvo. Ellos vinieron a su lado, los abrazó, y como una gallina con sus alas cubre a sus polluelos, logró tranquilizarlos. Pero el miedo no se ha ido. Saben que en cualquier momento un nuevo sismo podría quitarles la calma, la vida quizás.

“De la noche a la mañana uno puede amanecer muerto”, sentencia Luz María Correa, una mujer de 50 años que la madrugada de ayer solo se encomendó a Dios mientras los cuadros de su casa caían al suelo. Está viva. Es lo que importa. Sonríe. Ella dice que no sabe qué es un kit de emergencia ni tampoco conoce los sitios seguros a dónde ir si la tierra volviera a temblar. Y tembló. El Instituto Geofísico reportó a las 21:40 un nuevo sismo de 3. 5 grados. Pero este no se casi no se sintió. Sigue la calma.

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