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Paradojas politicas

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Nuestras vidas transcurren cargadas de ironías y paradojas, especialmente en el ámbito político. Me atrevo, sin embargo, a afirmar que hoy no estamos en tiempos de ironías sino de indignación tras diez años de agresiones, de petulancias ideológicas y de irrespeto a los más sustanciales valores de la democracia y de la convivencia ciudadana. Afortunadamente, Moreno ha logrado trasmitirnos la idea de un cambio y esta creencia no ha desaparecido a pesar de algunos episodios que confiamos serán esclarecidos.

La tolerancia y el respeto a los demás por parte de este gobierno se mantienen, matizados con rasgos de bondad que podrían un momento dado reñir con la ejecutividad, firmeza y sentido de autoridad que se requiere para gobernar un país. No aludo a la bondad esgrimida como ropaje de la astucia política, sino a la bondad espontánea y genuina, de la que se aprovechan quienes actúan sujetos a estereotipados patrones de conducta partidista... o simplemente personales.

Lo acontecido con la naturalización de Assange y el rango diplomático que se le habría otorgado para facilitar su fuga, escapa de las usuales previsiones. Para unos, Assange es un propulsor de la libertad de expresión informativa, mientras que otros lo condenan como delincuente común al escudriñar y revelar, con fines de lucro, asuntos secretos de Estado y temas privados de algunos gobernantes. En pocas palabras, un ser complejo y más repudiable que admirable. Su asilo en nuestra embajada londinense nos sorprendió a todos, aunque nada debía sorprendernos del régimen correísta; pero su naturalización y otorgamiento de un estatus diplomático tienen una responsable con nombres y apellido: la canciller María Fernanda Espinosa, actuando por su propia cuenta y al mejor estilo de su fidelidad revolucionaria.

Moreno simplemente heredó de Correa el caso Assange y desde un principio mostró su disconformidad. Esto no fue óbice para que nuestra canciller, vibrante admiradora de las revoluciones bolivarianas y de sus principales protagonistas (Chávez, Maduro, Ortega y demás genocidas propagandistas de una doctrina de dos siglos atrás), intentara burlarse de las autoridades del Reino Unido.

La bondad de Moreno apareció y la vergonzosa naturalización de Assange y, más aún, su designación como diplomático ecuatoriano, habría sido pasada por alto con una virtual aprobación en aras de la paz nacional, razones que no son suficientes esta vez.

Hoy discutimos si debe primar el pretendido orgullo nacional de ver a una compatriota presidiendo las sesiones de la Asamblea de la ONU (a propósito, ¿sabe usted el nombre del presidente cesante o de algún otro que le precedió? No, ¿verdad?), o si debemos dar prelación al imperio de la verdad y exhibir y juzgar la singular conducta de una funcionaria que, además de otras denunciadas defecciones, omitió consultar un tema que, sin ser de extraordinaria relevancia, roza la posibilidad de malograr nuestras relaciones internacionales y entorpecer nuestra recuperación y desarrollo económicos.

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