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El ocaso de la prensa
El presidente norteamericano Donald Trump (a quien algún compatriota suyo comparó con Herodes, el de la matanza de los inocentes que cuenta el Evangelio, por haber enclaustrado en las peores condiciones a miles de niños separados de sus padres migrantes y perseguidos) siempre tan “contreras” frente a la opinión pública que le llega desde su propio país y el extranjero, se lanzó en una de sus últimas intervenciones contra la prensa gringa y, de paso, vaticinó que los dos más influyentes periódicos de esa nación, el New York Times y el Washington Post, apenas sí tenían como destino siete años de duración a pesar de los millones de ejemplares que diariamente circulan por todo el territorio de los Estados Unidos, partiendo de la capital y el puerto principal hacia el Atlántico. Esta actitud no puede dejar de hacernos utilizar la memoria para recordar la “década pasada”, en la que nuestro entonces primer mandatario arremetía constantemente contra el llamado quinto poder del Estado, la prensa, con un entusiasmo digno de mejor causa, incluso dándose en sus sabatinas el gustazo de romper ante el público presente los periódicos que, según él, lo ofendían.
Algún pesimista, de esos que nunca faltan para toda ocasión y que en esta oportunidad empataba con el pensamiento “trumpiano”, ha pronosticado no solo el próximo e inevitable final de los diarios norteamericanos sino, ante el avasallante avance de la tecnología de punta en la comunicación -con las redes sociales cada vez más sorprendentes que no dejan secreto por descubrir-, que toda la prensa impresa, esto es periódicos y revistas, está llamada a desaparecer vencida por el poder oportuno y revelador de las pantallas chicas.
Sin embargo, determinados ejemplos que se dieron en el siglo pasado permiten a los optimistas rechazar los vaticinios de los agoreros del desastre frente a la prensa emitida en papel. Y es que, por ejemplo, cuando apareció la televisión no desaparecieron las radioemisoras y, extrañamente, más bien aumentó el número de estas. Y asimismo, cuando apareció el Séptimo Arte, o sea el cine, con todas sus maravillas proyectadas en las pantallas, no se clausuró la actividad teatral, que sigue floreciendo en el mundo.