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Que nuez hay que apretar
Suponga que una de las partes en un proceso judicial soborna al juez del caso entregándole dinero en efectivo, y que aquel lo almacena en el casillero de seguridad de un banco, junto con otros botines que ha ido recaudando a lo largo de su “carrera judicial”, para irlo gastando de a poco, sin levantar sospechas. Para añadir salsa al asunto, suponga también que el susodicho casillero no está a nombre del juez bribón, sino bajo el de una persona de su confianza.
¿Pudiera achacarse culpa, de la relatada corruptela, al banco que arrienda el casillero de seguridad? Obviedad es que no, como tampoco pudiese achacársela al carpintero armador de la estantería casera en la que se disimulase, tras unos pocos libros -no ha de ser pues muy lector el juez del cuento-, un grupo de fajos de billetes.
Hay otros ejemplos, pero lo importante es destacar que la esencia, en el combate al dinero mal habido, no está en la sábana que lo cubre sino en qué cubre esa sábana. Así como en el casillero de seguridad de un banco -o en el estante con libros para los más desaprensivos- puede guardarse dinero lícitamente obtenido, también puede haber del otro.
Lo antedicho se aplica perfectamente al escándalo en boga, el de los papeles de Panamá. Que alguien tenga una compañía en el exterior a la que traslada dinero lícito, para organizar mejor la herencia, por seguridad, o sencillamente porque le da la real gana, no tiene por qué ser materia de escarnio.
En cambio, no solo escarnio sino cárcel merecen los funcionarios que atracan fondos públicos, reciben comisiones a cambio de contratos con el Estado, o se dejan sobornar. Y eso, con independencia de cómo y dónde esconden el producto de sus delitos. No importa si es en el casillero del banco, debajo del colchón, o en una compañía pantalla, del exterior, como las famosas panameñas, o radicada localmente, que también las hay.
El problema no está en la manta que cobija el maloliente resultado, sino en su origen. Esa es la nuez que hay que apretar.
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